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 CERCADOS POR EL MIEDO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"No podría, en mi caso, mirar de frente y a los ojos a mi hijo"

Buena parte de la civilización occidental se ha construido sobre el miedo. Recuerdo cuando acompañaba a mi abuelo a la vereda Bohemia en mi lejana niñez en Calarcá, que sus historias en medio de la oscuridad relataban las persecuciones ocurridas en esos parajes por cuenta de la guerra civil de 1948, cuando las élites económicas hicieron matar a millares de colombianos por medio de la ficción de unos partidos políticos, que eran un trapo de color agitado a la bravura de la ignorancia. Mi abuelo, bondadoso y dulce, se estremecía de pavor ante el nombre de Laureano Gómez, quien vociferaba como un loco desde Bogotá.

Un poco mayor, en la escuela Santander, en Calarcá, y en la Valle del Cauca, en Caicedonia, me dolía el estómago de pensar en la pesada regla que ajustaba unas cuentas inexistentes con las palmas de mis manos, como si el terror fuera el mejor método pedagógico para aprender de memoria que Colombia, más que un paisito de mezquinos, era una patria coronada por poetas que cantaban, desde la estética escapista de los piedracielistas, las ventajas de una naturaleza muerta.

Nada distinto pasaba en mi casa, cuando mi padre ululaba de rabia porque los liberales, esos herejes que deseaban un Estado laico, oportunidad de academia y deliberación para las mujeres, llegaban a un poder que, no obstante, compartían en el Frente Nacional con sus aliados del partido conservador. Rememoro, como si fuera ayer, el terror de las esposas por sus esposos y el pavor de los niños por los padres, como si el autoritarismo, esa desviación del carácter de quienes tienen mal carácter, fuera una suerte de destino compartido para todos.

Cercados por el miedo, la iglesia católica aupaba esa sensación de desamparo cuando hablaba, como ahora, de un infierno en el más allá, en donde pagaríamos con llamas y sufrimiento el hecho de vivir en el más acá. Luego, fueron las guerrillas, en un principio idealizadas, las que asaltaron la tranquilidad de las casas, porque nadie entendía el porqué del secuestro, de la persecución a los indígenas, de las pescas milagrosas y de su afán de destruir los bienes de la naturaleza.

Dice Giacomo Leopardi, el poeta italiano, que no se puede temer a la prisión, a la pobreza, ni a la muerte, sino al miedo, porque bien sabemos que esa sensación acogota el espíritu, lo paraliza y nos vuelve indignos frente a nosotros mismos, toda vez que evidencia la infinita impotencia humana ante el absurdo de la realidad.

Los paramilitares, la ultraderecha armada, una parte del Ejército de Colombia, los políticos y empresarios que los cohonestaron, aumentaron sus riquezas con el terror sembrado en zonas agrícolas o en corredores de movilización de drogas, en el pasado y más avasallante alarde de la impiedad colombiana.

No puede el ex presidente Álvaro Uribe Vélez, y su horda de altoparlantes del odio, condenarnos, por cuenta de sus deseos de venganza a la monstruosidad de vivir ateridos de miedo.

No es aceptable que las nuevas generaciones vivan una condena de terror y muerte anticipada. No podría, en mi caso, mirar de frente y a los ojos a mi hijo.

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