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 CINCUENTENARIO: ¿HISTORIA O FARÁNDULA?

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Juntos, durante cinco decenios, hemos vivido en una tierra fértil"

Dijo Néstor Cuervo el pasado domingo, en La Crónica del Quindío, que "Se acerca la conmemoración del cincuentenario de la creación del departamento del Quindío y comienzan a aparecer las versiones "rosa", a la usanza de las secciones "sociales" de periódicos y revistas, y aquellas dedicadas a exaltar individuos convertidos en "héroes", como han hecho siempre las explicaciones "oficiales" y parcializadas de la historia".

Aspiraría a equivocarme, digo, pero creo que no estamos preparados para celebrar los cincuenta años del Quindío. Mi sospecha nace en la abulia de la sociedad civil, que parece no ocuparse mucho por una conmemoración que no siente como propia.

Y ese desinterés tal vez se origina en que en el Quindío las conmemoraciones son a puerta cerrada, como expresión de unas élites que, per se, excluyen. Élites, inmersas en sus burbujas de privilegios, que no entienden los lenguajes de este tiempo.

Y si lo dicho por el señor Cuervo resultara cierto, la conmemoración de esa efemérides sería tan banal como suele suceder: sonaría el himno del Quindío, ese canto desleal con nuestras raíces, que habla sobre una presunta raza que vino a colonizarnos, como si esa versión, escrita como identidad única, fuera cierta y nuestros jóvenes en los colegios estuvieran obligados a recitar una verdad a medias en coro.

Sería programado también un tedeum, a donde solo concurrirían los dirigentes de la sociedad, muy elegantes todos, acompañados de esposas emperifolladas, escondidas tras gafas oscuras, tal vez para ocultar el fastidio de estar en medio de una comparsa. Y apurados por un calor infernal, se escucharían discursos kilométricos que repetirían, como si fueran las peroratas de un loro, lo que todos ya sabemos pero no vivimos: que somos un pedacito de cielo en la tierra.

Y todo terminaría, además, con las condecoraciones del caso. Y con la resaca de saber que no hicimos nada serio para celebrar que, juntos, durante cinco decenios, hemos vivido en una tierra fértil.

Dejaríamos de hacer, por ejemplo, lo que corresponde: una investigación seria sobre nuestros orígenes, de la mano de la Academia de historia y de un programa académico de carácter profesional. La creación de un pregrado o de un postgrado de historia, como parte de una posible facultad de las culturas y las artes. La celebración con nuestros campesinos, a través de obras de infraestructura que los dignifiquen. La incorporación en los planes de ordenamiento territorial de una variable estética, que en los próximos cincuenta años nos cuente a través de símbolos lo que somos. Un plan de estudios, para colegios y universidades, donde la ética pública sea una prioridad vívida y práctica y no un mero rosario de reglas morales. Una legislación especial de protección a las organizaciones de la tercera edad. El inicio de estudios y construcción del embalse de agua. La priorización de la construcción de una biblioteca pública, con un teatro, que sirva de infraestructura para organizaciones culturales; en fin, volver a soñar como lo hicieron los hombres y mujeres que vinieron de Antioquia, si, pero también de Cundinamarca, Boyacá y Cauca.

La celebración de los cincuenta años de vida sería una oportunidad para mirarnos en el espejo de la historia. Una oportunidad para reencontrarnos.

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