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 CIUDAD PERDIDA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Los calarqueños nos dejamos privatizar lo más sagrado: los sueños"

Alguna vez leí que las ciudades son como los seres humanos y que sus sistemas, creados a su imagen y semejanza, son metáforas de las funciones vitales. El sistema nervioso, por ejemplo, como el vial o el de transporte se atasca por exceso de estímulos, pero también por el estrés emocional que implica vivir en una sociedad consumista.

Creo que el agua, como la sangre, no se debería vender al mejor postor, y que las cloacas de los pueblos no es sensato que desemboquen pútridas en los ríos. Es simple, y el jerarca de una iglesia no debería tener que decirlo en voz alta, para que comprendamos que la mercadería y las industrias nos llevan derecho al harakiri colectivo.

Hace pocos días, mientras conversaba con don Gilberto Jiménez Quintero, ciudadano calarqueño, quien vive en la carrera 26, me di cuenta, aunque ya lo intuía, que muchos de nosotros vivimos apegados a lo que fue la ciudad en otra época, y no podemos construir su futuro porque aún no comprendemos lo que pasó en la debacle del pasado reciente.

Me decía don Gilberto que aún no descifraba la razón de la Fundación Abrazar, paradigma cívico de atención a la comunidad discapacitada, para ocupar como si fuera una herencia familiar el estadio Guillermo Jaramillo Palacio, estructura construida con recursos públicos de la nación. Insistía él en que ese escenario deportivo debía ser utilizado como patrimonio ciudadano.

Recordaba este hombre, aún deportista a los sesenta y ocho años, que las canchas de baloncesto del Hospital La Misericordia y del Cuerpo de Bomberos desaparecieron. Y me preguntaba cómo podía proceder para demandar la entrega del Estadio de fútbol, hoy utilizado por Abrazar, al Municipio.

Pensé que un alcalde valiente, y una administración apegada al concepto de defender lo público, lo podía hacer por iniciativa y sentido común, como lo decidió el actual alcalde cuando rectificó su equivocación sobre el transporte en Calarcá.

Le dije sin pena por mi ignorancia jurídica y procedimental, que tal vez una acción popular, acompañada por la destacada defensora del pueblo, la señora Piedad Correal Rubiano, podría devolver ese bien público al servicio colectivo.

Los calarqueños nos dejamos privatizar lo más sagrado: los sueños; Las ilusiones como pueblo libre, y ello pasó por poner a rentar nuestros votos al servicio del comprador más audaz y cicatero del mercado electoral.

La ocupación del espacio público en el entorno de la galería, en la carrera 24, con los almacenes de motos, en los parqueaderos alrededor de la plaza de Bolívar, la privatización de los servicios públicos, el descuido por nuestra zona rural, la desidia frente a Barcelona, la rotura de las organizaciones cívicas, la atomización política, la decadencia del Concejo Municipal, la degradación social, el desempleo, en fin, son la evidencia de que nos arrebataron, poco a poco, la ciudad de nuestra infancia.

Vive Calarcá, ciudad perdida, cercada por asaltantes que desean aprovechar el apagón moral. No obstante hombres como don Gilberto Jiménez Quintero, quien enciende una luz en medio de la penumbra, me hacen pensar también que los recuerdos duelen, y que todo pasa.

Las ciudades son como los seres humanos: un día todo llega a su fin.

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