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 CIUDADES ANGUSTIADAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"El problema de la contaminación ambiental corre paralelo a la banalización del alma"

Vamos tan lento en las prácticas de proteger el planeta, que nada o poco hacemos para detener la emisión de gases de efecto invernadero, como lo acaba de decir la Organización de Naciones Unidas, que desde su Secretaría de Meteorología registra un récord en la expulsión de dióxido de carbono. Temperaturas extremas, oleadas de calor, aumento de los niveles del mar, acidez en las aguas de los océanos, son consecuencias de esa estupidez colectiva que mantiene a nuestra sociedad, indolente, en su burbuja consumista.

El problema de la contaminación ambiental corre paralelo a la banalización del alma, porque es la expresión de un prurito autodestructivo que corroe el corazón de los humanos. Los grises y oscuros del aire de las urbes con polución extrema es, también, la metáfora de una emoción comunal de tristeza: ciudades angustiadas.

Y no es porque hayamos abandonado a Dios, como dicen algunos, sino porque cada día somos menos humanos en nuestra carrera por diluirnos, menos humanistas, en el sentido de excluir de nosotros la distinción frente a lo bárbaro: la ética y la estética, como ecosistemas naturales que nos permiten vivir en el éxtasis y en la coherencia de no traicionar nuestra esencia.

No queremos ver, porque nos asusta, lo que nos está matando por dentro: nuestra aspiración a tener más de lo que necesitamos para vivir bien.

Angus Deaton —ganador del último Nobel de Economía— y Anne Case, publicaron un informe, auspiciado por la Universidad de Princeton, que retrata la angustia de los estadounidenses. En las dos pasadas décadas, una epidemia, como una nube oscura, asedia al país más poderoso del planeta: la cirrosis por el alcohol, la adicción a las drogas y, por ende, la propensión al suicidio.

La investigación, centrada en hombres y mujeres blancas, entre 45 y 54 años edad, registra que medio millón de personas ha perdido la vida, porque no encuentra sentido a su cotidianidad.

En ese informe, que deberíamos leer los colombianos, ocupados en la ingesta de alcohol y drogas, también se relata la dramática situación del aumento del dolor crónico de los individuos, que sienten que su cuerpo está invadido por la desazón de vivir como vivimos. La proliferación de medicamentos con opiáceos, recetados por el sistema de salud, derivó en el consumo de heroína, concluye el informe.

Por lo mismo es tan oportuno el debate sobre la participación de las humanidades en el currículo de las instituciones educativas. Y lo es no solo para contraponerse de manera mecánica al Ministro de Educación del Japón, Hakubun Shimomura, quien pidió a las universidades de su país eliminar las humanidades, para centrar la formación en las ciencias exactas.

Se hace pertinente el debate porque en las humanidades, en las estéticas, en la creación, podemos encontrar los afectos por la vida, que nos permitan revertir la depresión colectiva.

Así como las universidades de Kioto y Tokio, las más importantes, se opusieron a ese agente extremista de la competitividad, es nuestro deber histórico oponernos a quienes piensan que el progreso positivo, el crecimiento al infinito del consumo, nos salva.

Somos como las abejas o ballenas suicidas: vamos hacia la tragedia con la tristeza de no soportar el presente.

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