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JOSÉ NODIER

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COLAPSO NERVIOSO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Armenia se llena de edificios y carros, y las autoridades creen que eso está bien

En la vida, esa serpentina de incertidumbres, ocurren cataclismos que nos descuajan del territorio propio. Miradas que en la infancia nos asedian. Golpes que nos dañan el alma. Penumbras que en la niñez llenan las habitaciones de fantasmas y obsesiones. Abusos de padres, tíos o amigos, que estropean el olor a pan recién horneado de la panadería de la esquina, a unas monedas de nuestra casa. Amores breves, celebrados en el escondite americano, que se pierden en la memoria, como si la felicidad fuera efímera y provisional, como lo es.

De esas tragedias, pequeñas o enormes, quedan heridas purulentas, trazas en la piel que se hace necesario restañar, de tal manera que podamos sanar con la prudencia del tiempo. Decirnos, sin ambages, que el pasado fue y que reconstruirnos requiere una voluntad férrea, basada en el inventario de lo ocurrido y en la esperanza de lo que viene. Es un acto de la voluntad y la inteligencia, que impacta el cuerpo trémulo de las emociones. Y las transforma en manojos con un nuevo orden en sus filamentos. Nos hace nuevos seres humanos, más livianos, con cargamentos tenues de experiencia, y dispuestos a repensarnos.

Lo digo porque el 25 de enero de 1999, en nuestra memoria, parece acabado de pasar. No nos hemos reflexionado bien hasta ahora.

Y no porque se haya dejado de hacer la tarea de reconstruir nuestra infraestructura física, que se hizo bien, sino porque el sismo, a pesar de romper nuestros cimientos, dejó incólumes las fallas geológicas que ya teníamos, relacionadas con el apego errado a una identidad excluyente; nuestro escaso sentido gregario o, mejor, nuestro éxtasis con el esfuerzo individual; un arribismo contagioso; nuestro afán de someter las fuerzas de la naturaleza –esa inacabada epopeya de la colonización paisa– y, creo, esa idea heredada de progreso Occidental, de la competitividad, el exitismo y el consumo al infinito, anclada a la práctica del capitalismo salvaje.

Lo que digo es que si bien Armenia o Calarcá, y Montenegro o Quimbaya, parecen a nuestros ojos recuperados, ahora están asediados por un progreso inusitado en la construcción de vivienda o en la instalación de nuevos supermercados o de cajeros electrónicos o de zonas comunales de wifi o en la ubicación de centros comerciales. El departamento del Quindío, por cuenta de no reflexionarse a sí mismo, por cuenta de pensar que todo lo que brilla es oro, está inmerso en un modelo de desarrollo pernicioso.

Aclaro. Armenia se llena de edificios y carros, y las autoridades creen que eso está bien, como si no entendieran que vamos en línea recta hacia el abismo, a desquiciar nuestros días, ya sea porque no tengamos agua para el consumo diario o porque seremos rehenes dentro de nuestras viviendas, por el colapso vial. Colapso nervioso. Y lo peor de esta aclaración: creen algunos dirigentes, no sé si por conveniencia, candidez o ignorancia, que el turismo depredador que estimulamos es la panacea y la resolución de nuestros líos económicos.

El 25 de enero, antier, debimos sentarnos a llorar. No por nuestros muertos, que dejaron grietas imborrables en nuestro corazón, sino por nosotros mismos, porque no sabemos vivir la vida que nos perdonó el sismo de 1999. Lo lamento por nuestros hijos.

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