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JOSÉ NODIER

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CONFLICTO: PRINCIPIO DEL FIN (I)

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Porque uno no escribe como quiere sino como puede"

Al amanecer del siete de diciembre de 2013 un ruido de voces, un murmullo alterado, me despertó de mi sueño de la noche. No podía entender a cabalidad lo que decían esas voces, pero sí que alguien anunciaba una muerte. Luego escuché, desde ese matorral de palabras, el entrecortado vozarrón de un hombre, quien anunciaba el deceso de mi padre.

Lo primero que sentí fue una suerte de choque con mi propia vida, que aún hoy no termina. Como si una cascada turbia de preguntas, no expresadas, se atascaran en la garganta.

Mi padre, como ya lo he contado, creció en La Virginia en la finca de la familia del Padre Castro y fue, con mis tíos y mi abuelo, un resuelto militante del partido conservador. A él, y a mi abuelo Parmenio Solórzano, y a tantas familias de ese poblado, como a los Bobadilla o a los Gómez, les correspondió vivir su infancia y su adolescencia con la amenaza latente de una masacre, anunciada por Teófilo Rojas, Chispas, y sus seguidores, quienes veían en ese bello paraje, en La Virginia, un motivo de encono y odio visceral, que solo desapareció con la muerte del bandolero liberal.

En una novela que intento escribir —porque uno no escribe como quiere sino como puede— deseo hacer las paces con el pasado de mi familia. Y lo digo porque siempre pensaba en ellos, en los integrantes de la rama paterna, como una suerte de seres decimonónicos, cuya visión de mundo los significaba y asimilaba a una caterva de insensatos, casi o por fuera de la ley, siempre en actitudes de autodefensa y ataque contra lo que consideraba y considero sagrado para un ser humano. Los juzgué, y lo hice porque nos enseñaron desde niños que podíamos dictaminar, con equivoca claridad, el bien y el mal.

Nunca entendí a mi padre Rosemberg Solórzano y a su generación. Que el hablara del sacerdote Castro como de un héroe o de Laureano Gómez como un líder paradigmático —a mi modo ver un criminal ilustrado— y que él mantuviera un carácter autoritario y cerrero, por encima de las necesidades y emociones de sus hijos, me mantuvo alejado y en abierta contradicción de sus pareceres. No pasaba un minuto de cercanía cuando ya, sin mediar los lazos sanguíneos, nos trenzábamos en duras discusiones que luego, con el tiempo, ya nos divertían a los dos.

Sospeché, con cierta inquina, del pasado de mi padre, y al hacerlo puse en tela de juicio a una generación que a mi modo de ver solo ansiaba la guerra, y se debatía en rencillas partidistas y hacía de su niebla ideológica una razón deleznable para promover la resolución violenta. En muchas de esas casas, las de mis padres o abuelos, conservadores o liberales, se promulgaba la idea de que si alguien moría en una esquina era porque algo debía, como si fuera posible que la vida tuviera hipotecas cobrables por mano voluntariosa.

Ese siete de diciembre, cuando me levanté y fui a la ducha, quise enterrarme bajo el chorro de agua tibia. Me parecía, por mi honda tristeza, solo comparable con la de mis hermanos, que era el principio del fin.

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