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 ¿CUÁL JUNTA CÍVICA?

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"La quindianidad es otra mentira de los poderes económicos y políticos"

Algunos sospechamos del término identidad cultural. Es sinuoso, ambiguo, y configura muchos equívocos sociales. A mi parecer, la identidad de una región es como una carretilla, cargada de frutas descompuestas, varada en medio de la calle. Hiede y estorba. Huele mal porque intenta volver homogéneo e integral lo que nació plural. Estorba porque propicia la manipulación politiquera por parte de los gobiernos, la aparición de los nacionalismos o etnocentrismos a ultranza. Es un arcaísmo en el mapa de la diversidad.

Los antioqueños, tan endogámicos ellos, creen que ser paisa implica la manifestación de unas subculturas de la informalidad que están dominadas por la astucia individual. Los santandereanos, en cambio, imaginan que los identifica un vozarrón pringado por la testosterona de un macho que determina el rumbo del universo.

Reivindicar una presunta quindianidad más que una ingenuidad, que lo es, se convierte en una aberración conceptual. Sirve, sí, para los discursos oficiales, que alimentan una retórica insulsa, desprovista de la necesaria amalgama del significante y el significado; es decir, que estimula la configuración de símbolos vacíos de semántica.

El discurso oficial de la identidad, como se acostumbra, es tan banal que hoy en día los colombianos nos identificamos con la camiseta de un equipo de fútbol. Alguna vez los quindianos, que somos tan candorosos, pensamos que una novela de televisión era la quintaesencia de nuestra narrativa vital.

Ese discurso perpetúa la mentira oficial y promueve la mutación del autoengaño en una práctica en apariencia inofensiva. Lo hace ahora, por ejemplo, la señora gobernadora Sandra Paola Hurtado, cuando, sin ruborizarse de sus fantasías y pericias, conforma una junta cívica para la celebración de los cincuenta años del Quindío.

Nos engaña otra vez la señora gobernadora. Pretende ella que los quindianos pensemos que ese comité de aplausos, configurado con sus adláteres y amigotes, y con algunas figuras de la llamada alta sociedad cuyabra, representa la variopinta comunidad del Quindío, cuando bien sabemos que solo es un organismo de bolsillo, sin poder de decisión, que no consulta las dinámicas del quehacer cultural, académico y productivo.

En esa junta —con escasas y notables excepciones— están quienes durante cincuenta años han construido, desde sus camarillas de intereses grupales o personales, un Quindío clientelista, politiquero, improductivo e inequitativo; los mismos que coadyuvaron para que el Paisaje Cultural Cafetero sea hoy, más que una realidad cultural, un organismo amenazado por las contradicciones del modelo de desarrollo.

Lamento que el diario La Crónica del Quindío y la Academia de Historia, tan cercanos sus gestores a mi corazón, honrados y diligentes ellos, se presten para esa mascarada oficial, que solo servirá para legitimar una visión caduca de administrar, sustentada en el autoritarismo de una mandataria, como la señora Gobernadora, que se entromete en el ámbito de competencias de los alcaldes, y los acosa, como sucedió en Armenia. Nadie puede ignorar que transformó el gobierno departamental en un burdo directorio político.

El historiador Jorge Orlando Melo dice que la palabra identidad debería ser eliminada del diccionario social. La quindianidad es otra mentira de los poderes económicos y políticos.

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