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 DÍA SIN CARRO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Y lo tendrá que entender porque el planeta, por el cambio climático, colapsará"

Habrá que decirlo y repetirlo hasta el cansancio o hasta la debacle final. La naturaleza que presumíamos infinita, el agua que caía en cascadas desde las montañas, el oxigeno que llenaba nuestros pulmones, todo, por cuenta de las prácticas culturales, tiene fecha de vencimiento o se agotará, como cualquier producto perecedero.

La ultraderecha del mundo, que solo tiene intereses económicos y fijaciones místicas, y un sector de los industriales, una legión de comerciantes, otra de ingenieros y constructores y buena parte de la ciudadanía, es decir la sociedad que se configuró con el espejismo del progreso positivista, que piensa en el consumo como la panacea y en el centro comercial como el paraíso, deberá entender que es necesario cambiar los paradigmas del crecimiento económico.

Y lo tendrá que entender porque el planeta, por el cambio climático, colapsará. Ya lo vemos cuando el verano se prolonga y se convierte en sequía y el calor nos atosiga o enferma o cuando el invierno, como si fuera una helada del corazón, inunda por doquier el territorio y nos vuelve pequeñas arenillas arrastradas por las inundaciones. Inundaciones que bajan, claro, de los páramos descongelados, cuyo efecto termina en rebosar los ríos y los reservorios de agua.

Los grandes centros de poder —excepto los comerciantes de petroquímicos o los republicanos furiosos de Estados Unidos— ya empiezan a advertir que el asunto es de supervivencia. Francisco, el Papa que llegó del fin del mundo, lo acaba de ratificar con su encíclica Laudato si —Alabado sea— cuando reconoce desde la ciencia, y no desde la fe católica, las realidades de nuestro tiempo.

Dice la encíclica que el calentamiento global es un hecho incontrovertible, y no un dogma de ecologistas apocalípticos, y que este fenómeno, que acabará con el agua en algunas zonas e inundará ciudades enteras, se deriva de los hábitos humanos.

Señala en ese documento que los países ricos tienen una innegable deuda ecológica con los pobres, y que pensar que el crecimiento al infinito neutraliza la pobreza, como lo creen las multinacionales o los capitalistas salvajes, es elucubrar de manera equivocada y perversa con las virtudes mágicas del mercado.

Ese cambio de la Iglesia Católica, de explicar en este caso el mundo desde la evidencia científica, fue de inmediato seguido por el presidente Barack Obama, quien a su vez expidió una directiva para bajar las emisiones de gases en un futuro próximo en Estados Unidos. Sus contradictores dijeron que sus decisiones acabarían con empleos, y él ripostó: "Solamente tenemos un hogar, un planeta: no hay un plan B. Es una obligación moral".

Pocos entendemos que los comerciantes de Colombia, algunos, aclaro, no comprendan la encrucijada que estamos viviendo, y que ha llevado a países como Francia, hace unos días, a empezar a prohibir el uso de las bolsas plásticas en su nación.

Pocos entendemos que haya una oposición cerrera al día sin carro, como si la disminución de residuos del aire fuera solo una responsabilidad de los ecologistas o de quienes pensamos que el porvenir de nuestros hijos no está solo en la prosperidad de la hacienda, en el dinero, sino en el equilibrio espiritual y físico de las nuevas generaciones.

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