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 DORIS SALCEDO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Sus instalaciones, abstractas, dicen más de Colombia que decenas de libros de historia oficial"

Una de las taras de la civilización se presenta cuando leemos la realidad en versión de blanco y negro, como si la insistencia en comprender el mundo desde la encarnación bipolar de las ideas del bien y el mal, condicionara la razón y sirviera para la insurgencia del fogonazo de la pasión y, obvio, del prejuicio.

Desde los años sesenta, facciones del arte se debaten entre el discurso clásico con inicio, nudo y desenlace, y la experiencia del arte conceptual, que es la estética extendida al pensamiento complejo, a la deconstrucción de los géneros y a la gestión de lo multidisciplinario, que al final de la tarde es interpretar la realidad como es y no como las religiones y los Estados desean que la miremos.

Es simplista, por decir lo menos, que se satanice el arte conceptual por sus intrincadas metáforas o que se exalte, como ocurre con frecuencia, por la bobería esnobista que lo acompaña.

El arte muestra dos variables mutantes desde la modernidad europea: navega en los mares picados del significado de lo bello y en la relación del creador con la sociedad. La belleza no tiene ya vinculo único con la armonía, como lo pregonaron los griegos, sino con la quintaesencia de la condición humana. Los artistas pueden llegar a sacrificar lo bonito para recrear las incongruencias del alma.

Otra cara de la moneda gastada de esta confrontación entre lo clásico y lo conceptual, es la manera como el autor, un ser político y social, narra su tiempo. Los franceses en el siglo diecinueve, adecuaron Las Galerías de Versalles con 33 pinturas de batallas que definieron la construcción de Francia como nación, representando en esa colección el talante agresivo y colonialista de su pasado.

Lo mismo ocurrió con el Guernica de Picasso, que contó la masacre de los nazis en suelo español, el 26 de abril de 1937, cuando los alemanes para ensayar su aviación bombardearon la región Vasca. El pintor trazó su más legendario cuadro, sin reproducir al detalle la realidad, al pergeñar una composición que tiene más de metafórica y conceptual que de clásica.

Otro tanto ocurre con el óleo Violencia de Alejandro Obregón, tal vez el más bello cuadro de nuestra historia, de acuerdo con mi hirsuta subjetividad. El cadáver de una mujer se funde con nuestro paisaje, en un relieve que privilegia el dolor a la belleza de la geografía. Hijo de Los desastres de la Guerra de Goya, esta obra representa lo que somos: un pueblo agrio que destruye la esencia de lo humano.

Importa lo que se dice en el arte, expresado en la obra de Doris Salcedo, una creadora visual significativa para la época. Sus instalaciones, abstractas, dicen más de Colombia que decenas de libros de historia oficial.

Su arte conceptual, reconocido con los premios Guggenheim, el Velásquez y el Hiroshima, será tendencia estética este año en Estados Unidos, donde pasará por galerías importantes. Sus obras Shibboleth  y Las sillas vacías del Palacio de Justicia nos reflejan, crueles y excluyentes, de cuerpo entero.

No creo que sea tiempo, ahora que la diversidad es visible, de dejarnos encerrar en las mazmorras de la furiosa melancolía.

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