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EL AMOR MOLESTO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"El enfoque de género se hace necesario en Colombia"

Los hombres, y la sociedad patriarcal que hemos diseñado, nos hemos convertido en la peor pesadilla de las mujeres. Y lo somos supongo como vindicta por su conquista de derechos: pueden ir a la academia, salen de sus ollas de esclavitud a otear horizontes, muchas deciden sobre sus cuerpos y sexualidad sin esperar la gratificación masculina, caminan sus deseos por senderos alternos y controvierten con sus decisiones el confort de quienes aún no entienden, sobre todo en la comunidad latina, que la mejor forma de encontrar la felicidad compartida es con el ejercicio de la otredad, cuyo significado es la dulce disputa y diálogo de contrarios. Y el respeto por la diferencia.

En la intensa novela El amor molesto de Elena Ferrante —la autora que hasta hace una semana estaba escondida del espectáculo editorial—, Delia regresa a enterrar en Nápoles el cuerpo sin vida de Amalia, su madre, y se embrolla al recorrer los últimos pasos de ella, quien al parecer se ha suicidado en el mar, en una cadena de violencia física, que desfigura y condiciona la historia.

El padre de la narradora, un celoso compulsivo, golpe a golpe destruye la identidad femenina, hasta lograr el colapso de la intimidad de la madre. El tipo, un cualquiera de esos machitos que transitan nuestras calles, empieza por asesinar la risa, alta y cantarina, de la mujer. Ella se separa de él, pero el peso de ese gañán, su persecución emocional, la destruye al final. La ahoga, sí, en el mar de sus dolores.

El amor molesto fue editado en 1992 y un decenio después Elena Ferrante publica Los Días del Abandono, otra historia de ficción que trata de cómo una mujer, relegada al cuarto de ropas masculinas, puede reconstruirse a pesar de lastres y apegos para levantarse del abandono de su esposo, de Mario, por causa de su enamoramiento de una mujer más joven.

Esa ficción, creada por la escritora Anita Raja, obligada por un periodista abusivo a descubrir su verdadera identidad, escondida tras su seudónimo de Elena Ferrante, es leve frente a lo que ocurre en la realidad. Argentina, por ejemplo, anda paralizada de la indignación después del asesinato de más de 200 mujeres al año, y de la muerte ahora de Lucía Pérez, una adolescente de 16 años.

Colombia no niega su tradición de ignominia. Cerca de 40.000 hechos de violencia intrafamiliar a octubre de 2016 dicen bien de nuestras obsesiones. Más de 8.782 casos demás en este año, cuentan de qué nos ocupamos los hombres, en especial los domingos después de las seis de la tarde, cuando preferimos golpear a las parejas.

La realidad, en países crueles como Colombia, supera siempre la fantasía de los escritores, que son, ante la lentitud de la justicia o el amodorramiento de la historia, notarios críticos de su tiempo; una época que, a pesar de sus avances en el conocimiento, es una vergüenza colectiva.

El enfoque de género se hace necesario en Colombia. Es importante ante el rezago histórico de nuestros imaginarios masculinos. Debemos entender los deseos de la mujer, sus instintos y razones, como constructores de repúblicas independientes, cuya plenitud requieren territorio —un cuerpo autónomo— y leyes propias.

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