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 EL CAFÉ DE CARLOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Los cafés hacen parte de los valores patrimoniales de nuestra sociedad"

Dice el arquitecto Juan Sebastián González Parra, en un texto sobre cultura y patrimonio, que los cafés empezaron a declinar en Bogotá, que se extendía desde La Candelaria hasta San Diego, cuando murió Jorge Eliécer Gaitán en 1948. Cafés como la Botella de Oro, en las inmediaciones del Palacio cardenalicio, el Windsor, el Automático, y el Gato Negro, en cuyo andén se desplomó herido el caudillo liberal, decayeron cuando, de alguna manera, fue también asesinada la idea de una vida mejor para los colombianos. Escritores como Hernando Téllez así lo reseñaron, para hacer una metáfora de la decadencia de los cafés como espacio público y la agonía de la esperanza de una modernidad en Colombia.

Los cafés hacen parte de los valores patrimoniales de nuestra sociedad, en especial de los habitantes de los Andes colombianos. Derivas de la plaza pública, los cafés y las cantinas conformaron un escenario de debate intelectual que, en muchas poblaciones del eje cafetero y del Norte del Valle del Cauca, aún está vigente.

Cafés de Sevilla, de Caicedonia, o billares como Momos en Calarcá, el café salón Manilas en la calle 21 o los billares el Club del Comercio en Armenia, en la carrera 17, sobreviven con dignidad a la aplanadora insípida del progreso y, además, a la creación de otros espacios públicos, como el centro comercial, cuyo encanto reside en su asepsia urbana y en la eliminación del libre albedrio. El pensamiento, y su práctica libertaria, es reemplazado en las góndolas del hipermercado por la compulsión de consumir, que es una forma de intentar reemplazar nuestra precaria identidad por el prurito furibundo de parecernos a otro.

El Quindío, a pesar de las equivocadas estrategias del gremio cafetero, poco a poco siembra su territorio de cafés, como una forma de transformar la materia prima y, de contera, de subvertir la práctica anquilosada de que producimos un buen grano para que otros, en el exterior, disfruten sus aromas y sabores.

El café del Parque, en el Parque Sucre, el Superior, en la carrera 14, La Molienda Quindiana en el pasaje Bolívar, el Aborigen, el Bistro Nanceti, trazan un itinerario, dibujan un mapa, que regocija el espíritu, porque nos sumerge en una fiesta de sabores propios, cuya esencia palpita en nuestras lenguas, como una irrupción cítrica o edulcorada que estalla en la cavidad bucal. A frutas ácidas o a guamas dulces sabe el café caliente en las mañanas, cuando el sol despunta entre las montañas.

La apertura del Café de Carlos, en la carrera 25 con calle 41, en Calarcá, pone un mojón en la esquina de las nostalgias, y abre una puerta, de par en par, en la casona de nuestros instintos, los mismos que impelieron a caminar sin descanso a Baudilio Montoya, y que lo llevaron a coadyuvar una tradición poética en el Quindío, mientras degustaba un tinto en La Bella o un aguardiente en Pueblo Tapao.

El Café de Carlos recoge un menú perdido de delicias de la gastronomía local, tal vez con la idea de recuperar para el colectivo, a través del sentido del gusto, una porción de la grandeza de su historia.

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