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 EL CAFÉ EN LA BOCA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"El Quindío ya es un convidado de piedra en la política cafetera del país"

El mundo del café, sus felicidades, se viene destruyendo a nuestra mesa. Queremos seguir viviendo en el pasado. Deseamos que los mejores hechos y ambientes de nuestra infancia no se fueran, pero es imposible. El planeta cambia, rueda como si fuera esférico, y nosotros también mutamos; somos muchos seres humanos en la vida.

Esa melancolía, que es bella en la poesía o en la música, es perversa cuando se trata de construir proyectos para el presente y para nuestros hijos. No es que debamos entregarnos de pies y manos al esnobismo del ahora, a su rampante banalidad, porque ese afán ya nos costó, y nos cuesta mucho, en el tema del turismo, en el que nos embarcaron los mismos cafeteros nostálgicos, que quisieron vender su forma de vida, esa imagen falsa de prosperidad, al mejor postor.

Cuando envejecemos, es una paradoja, empezamos a aferrarnos a la imagen de lo que fuimos, como manera de salvarnos ante la pérdida que implica el tiempo ido. Es lo que ocurre con la Federación Nacional de Cafeteros: es una estructura decadente en lo político, monopólica, que disminuye servicios al caficultor y perpetúa privilegios a su burocracia directiva.

Colombia, como lo dicen los estudios, ha perdido casi un 54% de participación en el comercio mundial del café, en los pasados veinte años, y nosotros, en el Quindío, deseamos que todo siga igual, como si nada pasara frente a nuestros ojos: no nos damos cuenta que el mercado está inmerso en un terrible proyecto globalizador, glorificado por las multinacionales, y que somos un corcho en la marea descomunal de sucesos económicos y culturales del universo.

El Quindío ya es un convidado de piedra en la política cafetera del país. Nunca intuimos, como sí lo hacen en la política pública de Antioquia y Huila, que nuestro deber ser pasa no por pedir que la institucionalidad cafetera siga estática, como es la pretensión de muchos ingenuos, sino por configurar la producción de acuerdo con nuestros ritmos culturales, topográficos si fuera posible, de tal forma que le incorporemos detalle, especificidad a los sabores finales, es decir, lo que ya conocemos: valor agregado a nuestro café.

El rector de la Universidad del Rosario, José Manuel Restrepo, dice en un artículo de prensa que es clave generar ese valor, toda vez que la caficultura de ladera no permite, ahora, la reducción de costos de producción.

Por ello, eventos de encuentro y reflexión como la Cultura en el paisaje y el café en la boca, a realizarse en Calarcá los días 25, 26 y 27 de junio, organizado por el gestor Jorge Mario Salazar, el poeta Elías Mejía, el Comité de Cafeteros Municipal, en cabeza de Rodrigo Antonio Ramírez, y con el apoyo del alcalde Jesús María Zuluaga, me hacen pensar que no todo está perdido.

Debemos mirarnos hacia adentro, sin miedo a decirnos que no vamos por el rumbo correcto, porque seguimos con conceptos y prácticas ancladas en el pasado. Decirnos, por ejemplo, que la declaratoria del paisaje cultural cafetero ha sido privatizada para su beneficio personal o de grupúsculos por mercaderes e intermediarios del turismo. Empecemos por ahí.

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