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 EL CAMALEÓN

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Ojalá sus múltiples personalidades, las de Santos, al menos sirvan en La Habana para desactivar la guerra"

La Colombia invisible arde por las cuatro esquinas, y el gobierno nacional no comprende, reacciona tarde, es soberbio, balbuceante y gelatinoso. Es como un camaleón que se arrastra para mimetizarse en la llameante realidad social.

Digo que Santos es balbuceante, no por sus limitaciones verbales, sino por sus pensamientos ambiguos, siempre jugados al vaivén de las encuestas. No actúa por conceptos y principios, y piensa que la protesta social es una equivocación estadística.

Es gelatinoso Santos porque un día le apuesta a una idea y, después, con su teoría de que quién no cambia es un imbécil, reorienta su acción solo para estar en sintonía con las empresas encuestadoras.

Las mayorías prefabricadas de Colombia, expresadas en las encuestas, hoy son las matronas de una democracia artificial y excluyente, que es la fachada de un modelo político que hace agua porque está construido sobre privilegios aberrantes.

Es balbuceante Santos, el presidente que huye de las convicciones­ -de ser liberal, de su antiguo pastranismo, de su uribismo, que dice ser traidor de su clase, del hombre que un día nos trajo los tratados de libre comercio, como ministro de Comercio Exterior de Gaviria y que luego los firmó como mandatario -porque, in pectore, delira por un segundo mandato y, claro, sabe que los colombianos desconfiamos de él.

Santos representa bien las élites de Colombia. A ellas les gusta el poder y pueden traicionar para alcanzarlo. Les encanta la riqueza fácil y hasta contrabandean o trafican amparados por un registro industrial o comercial. Mueren por el sexo comprado, aunque lo disfrutan a la sombra prepagada de su doble moral. Ansían perpetuarse en sus cargos, así tengan que comprar su estadía en los tronos políticos o gremiales. Anhelan que los exalten en las páginas de los periódicos, y en la televisión, porque sufren de megalomanía crónica.

Y peor aún, Santos, con su chocante deseo de pertenecer al primer mundo, a la Ocde, al club de países ricos, nos afirma en el arribismo de creernos de mejor familia en América del sur.

Así lo pensó cuando dijo que el paro nacional agrario no existía. Para él, y para esas anacrónicas élites de Colombia, los cebolleros, los paperos, los indios, los negros, los adictos, los homosexuales, las mujeres pobres, los niños huérfanos, los ancianos solitarios, los mineros artesanales, todos ellos y millones más, no existen.

El gobierno nacional es rehén de los tecnócratas neoliberales de Planeación y Hacienda, de esa rosca bogotana, uniandina, que desconoce la dolorosa geografía de nuestra inequidad.

Colombia arde: la izquierda y la ultraderecha punzan al Camaleón. Ojalá sus múltiples personalidades, las de Santos, al menos sirvan en La Habana para desactivar la guerra.

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