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JOSÉ NODIER

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EL CHARRITO NEGRO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Calarcá, en estas fiestas, tocó fondo"

El populismo es la repartición edulcorada de la miseria. Es la entrega de una misericordia interesada, manipuladora del imaginario de quien la recibe. No dura mucho, porque no es sostenible en el tiempo y porque sus beneficiarios entienden, luego, que son víctimas de un engaño. Lo vimos en nuestra historia, cuando la Alianza Nacional Popular, Anapo, infestó de esta práctica la política colombiana.

Digo lo anterior porque en Calarcá se evidenció en la organización de las Fiestas Nacionales del Café que lo pretendido por la señora Alcaldesa, Yenny Marcela Trujillo, es reeditar un gobierno populista, basado más en la improvisación, en la reacción frente a las ansiedades primarias de la gente, que en la planeación de un desarrollo con equidad y con respeto por la naturaleza, como corresponde.

De tiempo atrás los calarqueños, en buena parte, están insatisfechos porque ella formó un gabinete de extraños, entregando una porción de la burocracia a intereses foráneos. Excepción, claro, de la subsecretaría de Cultura o de la Oficina de Planeación, donde designó a personas que conocen el municipio, y que son reconocidos gestores del municipio.

Había un grado de incertidumbre, y un compás de espera, por la acción de una dirigente, cuyo carisma y simpatía es notable en algunas comunidades. Sin embargo, lo que pasó en las semanas transcurridas ya mostró de cuerpo entero cuáles son las verdaderas intenciones de un gobierno que, además de su inexperiencia, quiere quedar bien con dios y con el diablo.

Hizo lo mismo que hacen los alcaldes tradicionales, apegados al libreto de la demagogia instintiva: reinado popular para darle circo a los pobres, y cabalgata, avasalladora de los derechos de los ciudadanos, para darle gusto a los chalanes del pueblo, a aquellos que liderados por la misma Secretaria de Gobierno montan sus bestias los fines de semana por el centro de la ciudad, se emborrachan con rancheras, vituperan y ensucian las calles de Calarcá. ¿Cuál era el cambio prometido por usted señora Alcaldesa, si todo sigue igual en este aspecto?

Y lo peor, si hubiera algo peor que la seguridad ciudadana en la plaza de Bolívar, tomada por bandolas y el microtráfico de tiempo atrás: ferió el espacio público, lo volvió un archipiélago de intereses de y para enviados fucsia, representados de su coalición en el Concejo Municipal, la Corporación Reinado Nacional del Café, la de menos en esa repartija, amigotes de campaña, en fin, y lo fragmentó para su explotación económica, con lo que colapsó la movilidad vial, como nunca antes y ocupó con vendedores improvisados las vías principales, los andenes, convirtiendo estas fiestas en las más desordenadas e improductivas para los comerciantes. ¿Cuál es el cambio prometido por usted, señora Alcaldesa, si todo es peor que lo anterior?

Calarcá, en estas fiestas, tocó fondo. Hubo policía, sí, pero no existió autoridad en las calles y fuimos, por unos días, una bomba de tiempo ante la posible contingencia: vías cerradas, ciudad sucia, maloliente y trepidante por la violencia sonora en cada cuadra.

El Charrito Negro, como representación cultural, no mide el éxito de unas fiestas. Al contrario, simboliza lo que nos espera a la vuelta de la esquina, y refleja una parte de lo que somos: parroquiales y estultos.

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