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 EL HONOR PERDIDO DE UN PAÍS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Les tiembla el pulso a los dueños y periodistas de esos medios, porque les falta carácter y les sobra profundidad en sus bolsillos"

Un país se debería poder leer como un libro. Rusia, por ejemplo, es enorme y multidimensional como Guerra y Paz de Tolstoi. Las Mil y una noches bien nos puede decir sobre el carácter y la imaginación de los árabes. Pastoral americana, de Philip Roth, mucho nos puede explicar el por qué la sociedad norteamericana da palos de ciego en la luminosa abundancia de sus inventos y estilos de vida; los mismos que amenazan, como un búmeran, su propio poder.

A Colombia es dispendioso leerla, porque algunos prefieren que seamos analfabetas funcionales. Que no la miremos más allá del maniqueísmo rutinario, y que si nos acercamos a ella sea a través de visiones tergiversadas, proyectadas como facetas de la realidad por los medios de comunicación.

Los medios masivos, en parte, son el altoparlante de las multinacionales, de los gremios y de los terratenientes, como si las actividades económicas y políticas, y sus élites, agotaran las identidades de una nación plural y diversa.

El sensacionalismo de la televisión vuelve noticia a los delincuentes, los glorifica, y convierte lo anómalo en doméstico, en parte entrañable del paisaje. Las actividades delincuenciales de algunos colaboradores y directivos del Centro democrático —el espionaje, la manipulación de software malicioso, la interceptación de correos privados, en fin— de un momento a otro se convirtieron en la plataforma de publicidad de su candidato y, como si fuera poco, en la victimización de los victimarios.

Luego, como por ensalmo, ante el éxito relativo de esa campaña política, configurada desde los códigos manidos de la propaganda negra, la misma que entabló una denuncia sin pruebas, propalada por algunos periodistas como si fuera una verdad revelada, la figura del hacker criollo desapareció del escenario porque algunos propietarios de medios, y sus directores, con el arribismo propio de este insensato país, estimaron que los instigadores y cómplices de la empresa criminal, mañana, el 7 de agosto, podrían dictar decretos desde la Casa de Nariño.

Les tiembla el pulso a los dueños y periodistas de esos medios, porque les falta carácter y les sobra profundidad en sus bolsillos.

En 1974 el escritor Heinrich Boll, premio Nobel dos años antes, escribió El honor perdido de Katharina Blum, una novela corta que no pierde actualidad, toda vez que cuenta cómo los manejos y el eco de la prensa amarillista destruyeron la vida de una mujer. Katharina, acosada por la calumnia y el sensacionalismo, llegó a matar a sangre fría para defender su integridad moral.

Calumnias y difamaciones son el forraje de los grandes medios de comunicación. Ellos, bovinos astutos e indolentes, están convertidos en fábrica de distorsiones, la que enmascara, como el zorro, las identidades de una nación.

La libertad de prensa, como práctica de unos medios que la manipulan, causa suspicacia. Sirve solo para unos intereses de gremio o de individuo, pero no para la sociedad entera; configuran, por su relajo ético, el honor perdido de un país.

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