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 "EL PÁJARO" CARPINTERO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Tres derrotas consecutivas nos dejaron el alma en la boca y una lección"

Ya sabemos lo que era el fútbol: muchachos detrás de una pelota de cuero, que cuando llovía se tornaba pesada y resbalosa como pescado de laguna. Era el pacto implícito de unos caballeros, que en un potrero gambeteaban como si sus piernas, más que extremidades, fueran ágiles pistones de un juego rayano con lo absurdo.

Nadie sabía por qué, hombres con los cinco sentidos perseguían un balón, pero ellos, adustos, se encargaban de competir por el honor, de ganar sus encuentros a punta de decencia y de perder con la dignidad propia de una legión romana. Jugadores como Jairo Arboleda en el Cali, Alejandro Brand en Millonarios, Hagi en Barcelona, Alfredo Di Stéfano en el Madrid, Campaña en el Quindío, Juan Román Riquelme en Boca Juniors, pensaban que el fútbol era más que puntapiés y sudor y así lo vivían y estimaban porque este deporte tenía el significado, según Valdano, de lo más importante entre las cosas menos importantes. Como si ellos le confirieran a la frivolidad la dimensión de lo sagrado.

Ya sabemos lo que ahora es el fútbol profesional: una entrenada misión de atletas que cobran por lucir unas zapatillas o unos suspensorios y que pierden con la indolencia propia de quienes están desprovistos de pasión. Y ya sabemos su operatividad social: un negocio administrado por una multinacional, un paraestado que auspicia el esclavismo y avala el derrumbe de la ética pública en vivo y en directo, en tiempo real, como si la vida fuera, la cotidianidad de los espectadores, un juego insulso.

El atraco al Deportes Quindío, en el partido contra Cúcuta, además, es el final de una desgracia anunciada. Mientras algunos equipos se prepararon con responsabilidad para la batalla final, en nuestro caso, mandamos a custodiar los tres palos a un valiente jovencito, a dos o tres grandulones que taparan como pudieran el centro de la cancha, y a un hombre solitario que regateara la salida de los adversarios en el frente del campo propio. No supimos leer la trascendencia del momento. O tal vez si lo hicimos, pero al patrón del equipo de nosotros, al señor Hernando Ángel, no le importó.

Tres derrotas consecutivas nos dejaron el alma en la boca y una lección. Hombres como "El Pájaro" Carpintero, nos devolvieron, por su esfuerzo y denuedo moral, el deseo de mirar lo intrascendente con otros ojos, y nos enseñaron que la honradez aún puede correr por la grama como en otros tiempos. No se parecía de verdad a un pájaro, pero su persistencia lo convirtió en un gigante negro que volaba como si quisiera devolvernos el aire, el que nos faltaba en los pulmones, en cada uno de sus saltos.

Nos robaron en Bogotá, sí, pero también nos derrotó la indolencia de quienes administran el equipo de los sueños extraviados. Caímos otra vez, pero nos sentimos también reivindicados por personas como Wilson Carpintero, quien nunca bajó los brazos ante la adversidad.

Algunos pensarán que el fútbol es una estulticia, y lo es, sí, pero muchos lo entendemos además como el ejercicio simbólico de la individualidad, del talento y de la fuerza, puesta al servicio de una causa común.

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