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 EL PLACER DE MENTIR JUNTOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Y abracémonos todos, porque esta es la tierra prometida"

Dijo el diario La Crónica del Quindío que vivimos la sociedad de la mentira. Y creo que sí, que es cierto, que nos acostumbramos a ella como si fuera el oxígeno de la vida, y que el castillo de promesas de la señora gobernadora, que ilusionó en parte a sus electores, es el mismo edificio de añagazas de la señora alcaldesa de Armenia.

Simulan ellas decir la verdad, y a los ciudadanos nos encanta que lo hagan, porque es más fácil hacerse la víctima, a veces condolerse, resignarse, que reivindicar, a través de la protesta o de la movilización política, los derechos ciudadanos.

De mentiras o de medias verdades estamos hasta el cuello. Desde cuando se dijo que nuestro fundador exclusivo había sido Jesús Maria Ocampo, sin incluir y visibilizar en ese empeño a doña Arsenia Cardona Buitrago. Desde el tiempo en que se dijo que éramos un pedacito de cielo paisa sin pensar, por ejemplo, en las familias que vinieron del altiplano cundiboyacense, desplazadas por la guerra de Los Mil Días, a desbrozar esta tierra fértil en mitomanías.

Por otras mentiras nos sumergimos en sangre hasta el cogote. El gobierno nacional, en 1948, lideró el expolio de la tierra a millares de colombianos, como decurso de una contrarreforma agraria, originada por la repulsa violenta a la ley 200 de 1936, y todos, o casi todos, fuimos embaucados en el cuento de que esa confrontación civil había sido tan solo una reyerta de montoneras y colores partidistas, cuando la verdad, si hay alguna posible, es que fue una disputa a sangre y fuego de los terratenientes, con policía propia, los chulavitas, contra los pequeños propietarios y los campesinos.

Y peor fue la mentira de muchos curas de la Iglesia Católica en esa época. En su defensa de la familia, la propiedad y la tradición, cohonestaron con el despojo, el asesinato y la violación. Olvidaron ellos su papel de presuntos apóstoles de la verdad en la tierra.

Luego, inventamos un departamento, dizque rico y poderoso y aún no sabemos para qué, porque no existe un proyecto común, y el único que subsiste —porque casi acabamos con el cultivo del café— el turismo, es una entelequia productiva, que nos lleva derechito al abismo de la ruina colectiva, y, todos, o casi todos, no parecemos darnos cuenta. Bueno, nos engañamos, de manera graciosa, porque las élites del Quindío creen que el turismo si funciona: mentira.

Ahora nos quieren falsificar la realidad: la alcaldesa defendiendo un plan de obras que será insuficiente por la proliferación de vehículos, como en otros lugares del planeta, y la gobernadora, porque a pesar de su estridencia, de su exhibicionismo populista que da grima, aún no entiende que ella hace tres años fue elegida líder oficial de un departamento, y no jefe de debate de cuanta elección haya, con atribuciones para convertir el edificio de gobierno en un desteñido y arbitrario directorio político.

Sigamos diciendo mentiras: nos gusta a todos. Pensemos que somos un paraíso, un Quindío más humano, y que el turismo creará los empleos que necesitamos. Y abracémonos todos, porque esta es la tierra prometida.

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