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 EL PRESTIDIGITADOR

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Nada será igual en nuestra cultura después de la bella desmesura de Cien años de soledad"

No nos dejan hacer el duelo. Hablan demasiado. Hay tanta palabrería con razón y sin razón ante la muerte de Gabriel García Márquez, tanta fruslería en las redes sociales y en los medios de comunicación, que interrumpen nuestro llanto interior.

Interrumpen ese dolor los políticos que, como plañideras a contrato, merodean su memoria para posar de intelectuales o solo para llevarle la corriente a millones de lectores que encontramos en su obra una expresión estética trascendente, porque sus libros dicen de qué sustancia están hechas nuestras realidades fragmentadas, traicionadas a diario por quienes hoy rompen en gemidos histéricos ante su ausencia.

Sus personajes dicen bien cómo somos los colombianos. El Coronel, amalgamado a imagen y semejanza de su abuelo, es el pensionado que por las hendijas de sus cataratas mira por la ventana a la espera de que el Estado recuerde su indigencia. Florentino, el enamorado de Fermina Daza, es el hombre candoroso que tiene fe en el amor, en un romanticismo que ya no existe, y que comprende su vida como una práctica lírica.

Los hermanos Vicario, en cambio, son esa especie de colombianos que anda impune por el mundo con la justicia, y un cuchillo de carnicería, en sus manos. Al patriarca otoñal también lo vemos, todos los días, como un delirante personajillo cuya esquizofrenia no le permite ver más allá del metro cuadrado de su sempiterna arrogancia.

No nos dejan hacer el duelo. Los periodistas de las cadenas de televisión y los comentaristas de prensa que no leyeron su obra; los gobernantes que en voz alta leen de corrido sus textos en plaza pública y los arribistas que gritan su consanguinidad con el muerto; los editores que se apresuran al negociazo de sus vidas y los curas que lanzan agua bendita sobre las flores amarillas; la senadora uribista que lo mandó al infierno y los que dicen que Aracataca no tiene agua por su culpa; en fin, nos inhiben de llorar nuestras propias palabras, torpes ante la muerte y mustias ante su vida de creador de mundos autónomos.

Nada será igual en nuestra cultura después de la bella desmesura de Cien años de soledad. En ese libro estamos todos, como si GGM hubiera invocado el espíritu vindicativo de la oralidad de nuestros pueblos, de los palenques y resguardos, de los gramáticos o dramáticos andinos, de los domadores de llanos y valles, como si en ese estuario de belleza literaria pudieran concurrir la historia de un país desmemoriado y la pasión de una nación que no se reconoce como tal.

Muerto el prestidigitador, fueron revelados algunos de sus trucos. Dijo alguna vez que su mayor secreto era no permitir que el lector despertara. Son las leyes de su universo. En el nuestro, quedamos aún más solitarios, melancólicos, en medio de la alharaca de un país de castas, de burócratas que desprecian la cultura y el arte.

Cierra su muerte una época, el siglo veinte, y la realidad queda como él la encontró: solo cambió la literatura.

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