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JOSÉ NODIER

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EL RÁBANO DE MODA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Quien miente cree que nadie lo ve en los matorrales de sus ficciones

Resulta que ahora, luego de seis años de gobierno nacional, El Presidente de la República, Juan Manuel Santos, el señor Contralor Edgardo José Maya, y el nuevo Procurador Fernando Carrillo, aunados en la figura emblemática de los mosqueteros, le dicen al país, como si fuera un acto valeroso, que inician una especie de cruzada contra la corrupción.

Cuentan ellos, de seguro, con la estulticia colectiva, es decir con esa especie de imbecilidad grupal que nos ha llevado por decenios a votar por los mismos, a criticarlos sin piedad en las cafeterías y luego a no hacer nada para repudiarlos, a colaborarles con nuestro silencio. Somos como comadres o compadres que murmuran en voz baja e indignada y cuando llegan las elecciones, muchos, votamos por los mismos que medran al amparo del presupuesto común. Este país es un chiste, digo.

Quien miente cree que nadie lo ve en los matorrales de sus ficciones. La corrupción tiene una fuente conceptual, venida de la civilización Occidental que nos colonizó, la vitoreada modernidad, origen de muchos de nuestros entuertos: la doble moral cristiana, que aúpa al ciudadano a vivir en desconexión de sus ideas, emociones y acciones, como si la operación mental estuviera en otro plano de la realidad. Vivimos doble, para nosotros y para la opinión pública y algunos, como un día lo dijo García Márquez, tienen vidas privada, pública y secreta.

Me explico. Somos incoherentes y disruptivos en relación con lo que pensamos y hacemos. Fustigamos la corrupción pública, sí, pero vivimos en privado en un sartal de mentiras, de autoengaños y engaños que nos hacen pensar que la ilegalidad solo funciona en una sola vía, de manera unilateral y en actos públicos. Doble moral que nos es perdonada, por nosotros mismos, cuando miramos la viga en el ojo ajeno.

Si de verdad se quisiera abordar el tema de la corrupción, y no solo acariciar las hojas del rábano de moda, esa clase política que ahora se lava las manos con un poquitín de bálsamo antiséptico habría roto el dique de aguas negras del sistema electoral colombiano, donde están empozados los dineros del contratismo y del narcotráfico, y donde los miasmas de lo pútrido asperjan los lemas políticos en cada evento electoral. ¿Cuánto vale en dinero elegir alcalde de Armenia o de Calarcá y cuántos ciudadanos independientes podrían competir en igualdad de oportunidades en esos procesos eleccionarios?

Si de verdad se quisiera abordar el tema de la corrupción, la aprestigiada mermelada, esa añagaza untosa que lava el corazón dañado de muchos congresistas, sería eliminada, y ellos no irían por allí, por cada solar o esquina, reclutando con monedas de judas a líderes sociales para las próximas elecciones.

Y si quisiéramos atajar la corrupción, además, ya hubiéramos cambiado los códigos para que los funcionarios públicos o los contratistas fueran a la cárcel de verdad, y los empresarios, quienes sobornan, que son muchos, dejaran de evadir con su cara de yo no fui sus responsabilidades penales. Son tan corruptos, y eso lo sabemos, los empleados públicos como los dueños de industrias, empresas o comercios, que abrevan del presupuesto de los colombianos.

El rábano fashion ahora es la anticorrupción. En la selfie solo aparecen las hojas.

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