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JOSÉ NODIER

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EL SÍ DE LA IGLESIA CATÓLICA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"No se puede ser neutral o indiferente, no, hay que decir sí y sí"

Está claro que el proceso de paz, ya firmado en La Habana, y el mismo plebiscito suscitan un conflicto entre los colombianos. Polariza en buena parte y hace pensar que estamos lejos de un proyecto histórico y común entre compatriotas. La paz, o la desactivación de una guerra interna, no debería suscitar tantas sospechas o dudas, porque cualquier precio, un buen o regular acuerdo, deberíamos pagarlo con el objeto de salvar vidas.

La dulzura de la paz es un sabor virgen para nosotros. Por ello, no me explico bien la reacción casi violenta de la ultraderecha política en contra de Monseñor Darío Monsalve, Arzobispo de Cali, quien sugirió que no aprobar el plebiscito por la paz sería un acto de deshonestidad.

La iglesia católica ha tenido un papel protagónico en la política de Colombia. Sirvió a los intereses de España cuando, a través de la evangelización, coadyuvó en el avasallamiento de las culturas indígenas. En el mismo siglo de la independencia obligó la firma de un concordato, ley 35 de 1887, con el gobierno de Rafael Núñez, lo que derivó, por ejemplo, en que su influencia se afianzara en el campo de la instrucción pública.

Su participación al lado del Partido Conservador ha estimulado la guerra, en contradicción de sus postulados pacíficos, reflejados en su sentimiento de misericordia, a través de sus sacerdotes, misioneros y monjas, quienes han atendido el hambre del marginado, han dado un abrazo al enfermo purulento o terminal y han ayudado, con su militancia amorosa, a que el tránsito de muchos de la vida a la muerte sea compasiva. No ha sido una tarea menor, así los ateos o agnósticos lo estimen como un engaño.

La intemperancia de algunos prelados contra las ideas liberales no dejó duda de una ideologización agresiva que, luego, en el mediodía del siglo veinte tuvo en el Obispo Miguel Ángel Builes, de Santa Rosa de Osos, la intromisión descarada en la definición en muchos casos de quienes serían las víctimas de la guerra civil de 1948. Desde algunos púlpitos se propaló la consigna de muerte al liberalismo, y se señaló a quienes debían recibir el atentado personal.

Esa relación de blanco y negro de la iglesia, con la dimensión ideológica de su feligresía, ha contaminado sus vínculos con la sociedad. Su deliberación en el desarrollo de una carta de derechos para comunidades minoritarias, en particular con la comunidad LGBTI, contradice la Constitución de 1991 y, qué paradoja, va en contravía de algunas manifestaciones tolerantes del papa Francisco, cuando pide comprensión para quienes sienten o piensan en contrario a las leyes de la iglesia.

La Iglesia Católica, en su mayoría, ha luchado sin desmayo por la paz de Colombia. Lo hizo monseñor Isaías Duarte Cancino, Arzobispo de Cali, asesinado por su labor pastoral y lo hace el padre Francisco de Roux, y millares de sacerdotes que entienden la valía de este momento histórico.

No estamos ante una encrucijada del alma. Estamos ante la certidumbre de que nuestros hijos puedan vivir en paz y, claro, no se avergüencen de nuestras dudas de hoy.

No se puede ser neutral o indiferente, no, hay que decir sí y sí.

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