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JOSÉ NODIER

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EL SÍ DE LOS JÓVENES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Respondemos con desmesura al mohín agrio del destino"

Mi hijo José Manuel podrá votar por primera vez este domingo. Cuando lo haga, de seguro pensará que su bisabuelo conservador salió un día desde Cundinamarca rumbo al gran Cauca, al Quindío, porque huía del reclutamiento forzado que su partido hacía de los jóvenes para llevarlos a pelear a Santander o al departamento de Panamá, en el inicio de la guerra de Los Mil Días.

Pensará que su abuelo creció en medio de la crueldad de la guerra civil de 1948, y que un tío abuelo conservador fue picado a machete, como un vástago de plátano, en un camino de La Virginia. Imaginará, porque yo se lo he contado, que los conservadores, como grupo de autodefensa, se parapetaron en las montañas aledañas al cerro de Peñas Blancas, a la vereda La Paloma, y que familias enteras, los Gómez, los Bobadilla, los Solórzano, los Guevara, los Torres, en fin, todos ellos fueron perseguidos por liberales, sí, quienes luego huyeron por las cumbres de Guayaquil y de Quebradanegra cuando la reacción fue de tal desproporción que no quedó piedra sobre piedra.

Hemos sido una nación infame. Respondemos con desmesura al mohín agrio del destino. A la República liberal de Olaya Herrera y de López Pumarejo, a su inclusión, respondimos con la sevicia de matar a Gaitán y de asesinar lo poco humano que poseíamos entre el pecho y la espalda de camisas azules y rojas. Matamos por ver caer al vivo, lo destazamos y lo izamos en el mástil de nuestras perversiones.

Mi hijo no sabe que el 2 de octubre de 1902 firmamos los colombianos el tratado de paz de Neerlandia y después el de Wisconsin, y que lo mismo hicimos en Benidorm, España, en 1958, Alberto Lleras y Laureano Gómez, con la idea justa y peregrina a la vez de aposentar la convivencia pacífica sin cauterizar las heridas que el hambre causa en los ciudadanos. Pensamos, formalistas a carta cabal, que firmar un papel nos trae de vuelta un falso paraíso perdido.

José Manuel, que ama la vida, los animales, la naturaleza, a su mamá, a sus abuelos, y la esperanza de un mejor destino a través de la educación, sí sabrá el domingo que, al menos, ya puedo mirarlo a la cara sin vergüenza: logra mi generación, formada o deformada en el cruce de fuegos de la violencia intrafamiliar y la pugna en el campo de Colombia, firmar un acuerdo de paz digno para las partes.

Escuchará con respeto por el otro a quienes vociferan el No, pero él sabrá distinguir entre quienes gritan por quedarnos en el pasado y quienes intentan remediar tanto daño perpetrado por guerras que se interconectan en el tiempo. La guerra civil de 1948 no es ajena, ni distinta, al conflicto con las FARC y el ELN. Batallas de campesinos pobres, casi niños, aupados por burócratas elegantes de ciudad. Batallas de niñas y mujeres abusadas, acosadas por chafarotes soberbios.

Todo será igual, José Manuel, pero todo será distinto porque al menos abriremos una hendija de esperanza en el pesado portón de nuestra historia de barbarie.

Podrá votar mi hijo para rechazar la traza de odio que otros quieren convertir en rasgo granítico en el rostro de Colombia.

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