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JOSÉ NODIER

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EL SÍ DEL PAÍS DE LAS NUBES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Era la poesía escrita como la mujer amada"

Escribir poesía, crear su imagen verbal, es ahora una actividad marginal. Pocos creen encontrar en los libros de versos una respuesta a sus incertidumbres. Encerraba la lírica escrita un fervor en el pasado, tal vez por la misma música que había en ella o por la sordera de algunos poemas de vanguardia, o porque al final, con ritmo o sin cadencia lingüística, la poesía lavaba el alma de desgracias o resignaciones y, al conmovernos así, con intensidad, nos hacía mejores personas.

Era la poesía escrita como la mujer amada, un milagro que nos hacía crecer, transformar, ante nuestros propios ojos. Salman Rushdie, el escritor británico, algo dijo sobre que la poesía tenía la función de interpelar la realidad y no permitir que los demás durmieran sobre el algodón de la indiferencia.

Mucho tiempo leí, como si fueran un hechizo sobre mis ojos, los versos de Gustavo Adolfo Bécquer, cuando le definía a su amada, que ella misma, sin más, era la encarnación de la poesía. O cuando decía, ese arrebatado de romanticismo en el siglo diecinueve, que mientras existiera un misterio en el mundo habría poesía.

Los poemas de Residencia en la Tierra de Neruda me conturbaron por su existencialismo, pero aún más sus versos contra la guerra civil española. Un militante como fue Neruda de la causa de la paz, cantó sin parar para decir que la guerra era una infamia y que ningún ser humano merecía el destino trágico de morir por cuenta de ella.

Hace mucho tiempo la poesía, que es el alma de la humanidad como decía Benedetti, se regó de su recipiente, como un líquido en movimiento y se trasvasó de los libros de poemas a las imágenes, a la fotografía, al dibujo animado, a la novela gráfica.

Se mudó a vivir en la voz de Billie Holiday o de Chavela Vargas, por ejemplo, en las canciones de los Beatles, en los libros ilustrados para niños, en las novelas de Baricco, en El Jinete Polaco de Muñoz Molina, o en ese largo relato que es El rastro de tu sangre en la nieve, en las fatigas de los ciclistas honrados, en las fintas de Messi, en fin, se residenció en las carcajadas tuyas, digo, la poesía se vino a vivir, como resistencia espiritual al consumismo, a la cotidianidad de las personas.

Salió espantada de los rigores de la métrica para democratizarse, para conversar con la gente, ya sea con una peli, como se dice, o en los fotogramas de una publicidad con sentido estético.

Por ello es meritorio convocar una fiesta de poetas en el Quindío, como ahora lo hace la Fundación América en mi piel, dirigida por Martha Elena Hoyos, y más destacable que, con el "tercer Encuentro Internacional de mujeres poetas, País de las Nubes en el Camino del Café", se asuma la recuperación de la memoria y la obra de Carmelina Soto, ignorada escritora de Armenia.

Lo digo porque del 9 al 17 de septiembre, como si la poesía fuera un bien social, que lo es aún, más de 30 poetas caminarán el Quindío, con sus ardiente almas, para decir de nuevo que la palabra pacífica es sagrada y, obvio, hermosa.

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