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 EL SUEÑO INTRANQUILO DE LOS FUNDADORES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"El uso y destinación del espacio público merecen un debate público"

El drama de los pueblos del tercer mundo es que fueron atracados en un cruce de caminos en sus procesos identitarios. Arrasadas las culturas nativas por el colonialismo, sin aún abrir los ojos frente al despojo, nos vimos impelidos a imitar al mundo hispánico. Luego, nuestras élites ilustradas trajeron la influencia francesa en el siglo diecinueve, a través de los libros. La inauguración de medios masivos de comunicación, como la radio, nos influyó con otras corrientes, en especial con músicas provenientes de México.

Se podría cortar mucha tela alrededor de este tema. El asunto es que nuestra memoria, cada cierto tiempo, leva anclas en un océano sin puerto seguro. Justo cuando pensábamos que teníamos una identidad configurada, que habíamos diseñado una cultura propia, aunque sin músicas y gastronomías genuinas, nos encontramos de sopetón con ese fenómeno arrasador de la globalización. Justo cuando creíamos que ya teníamos un rostro único, fuimos asaltados por gestos y pareceres foráneos en la televisión, en las músicas urbanas y, ahora, en la Internet.

Por ello muchos teóricos sociales no hablan en singular de la personalidad colectiva, como un evento inmutable de nuestras vidas, sino de identidades, por cuenta de la plurietnia y la diversidad. De allí, de no podernos reconocer en una tradición propia, reside buena parte del desconcierto de las nuevas generaciones, que resisten en medio de varios fuegos culturales; y lo peor para ellas, como es obvio en la refriega social, es caer abatidas por fuego amigo.

Un pueblo sin memoria es un pueblo a la deriva, fantasmal. Una sociedad sin respeto por la historia camina invidente por un territorio minado por los intereses de las multinacionales y el consumo, que requieren nichos de mercado para sus baratijas. Un pueblo, como el cuyabro, sin respeto por la memoria de sus fundadores está condenado al desgaire de su patrimonio simbólico y al olvido de sus mejores razones para construir causas colectivas.

Por lo mismo se equivoca la señora alcaldesa, de buena fe, creo, cuando instala un bebedero y un orinal público en el parque de los Fundadores, solo para saciar los réditos de una fábrica de cervezas. No recuerdan en la administración municipal que allí en el Parque de Los Fundadores residen los restos mortales de nuestros fundadores, de quienes se batieron a hachazo limpio contra la selva agreste e hicieron frente a las bestias de la noche para poder asentar un pueblo al lado del río Quindío.

Y se equivocaría la señora alcaldesa, quien respondió con respeto y consideración una carta de la Academia de Historia, si avanzara en su proyecto de remodelación del mismo Parque sin incluirle variables culturales. El proyecto bosquejado, a mi manera de ver, es bien intencionado en su deseo de reparar el Parque, pero su cosmética y utilitarismo no contemplan su valor patrimonial. Diseñan, además, una estación de comidas en ese sector como si la historia nuestra se pudiera concesionar al mejor postor.

El uso y destinación del espacio público merecen un debate público. Y así lo esperan quienes velan por preservar nuestra vilipendiada pero maravillosa memoria histórica.

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