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 ÉRIKA SALAZAR

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"La lágrima que baja por el rostro deshace la máscara"

Presagia la noche un rumor a muerte. Escucho el ulular de las sirenas que, cortantes, trepanan la cabeza de los inocentes. Es como si Colombia entera, sedienta de sangre, quisiera beber de la linfa del otro. Preparamos en nuestras mesas, resignados, casi alegres, los recipientes de cristal tallado. Caníbales que desde hace doscientos años, independientes de la crueldad del Medioevo español, nos empecinamos en la destrucción.

Miro por la ventana. Los uniformes de la Sijin y la Fiscalía General de la Nación, como si fuera normal que ocurriera, me traen el sigilo a la puerta. Acá, cerca, un hombre asesinó a otro con arma de fuego, es la noticia. Yo nada escuché, leía un libro, podría decir a los investigadores. Más allá un tipo vestido de mujer mató a puñaladas a un amigo, y nada vi porque estaba ocupado con un partido de fútbol; El décimo quinto de esta semana, podría declarar.

En la misma televisión, hombres de corbata, serios y cariacontecidos, dictan las mentiras más terribles y risibles a los escribientes útiles de la realidad. ¿En dónde quedó el periodismo investigativo frente a los fantoches de la mitomanía? ¿En dónde los entresijos dubitativos que critiquen la historia histérica de que vivimos en un paraíso?

Llega el paroxismo de la muerte y la burla al sentido común. Los gobernantes dicen, estadísticas en mano, que avanzamos hacia adelante, y nadie sabe a ciencia cierta hacia dónde, porque las luces, las que titilan en las calles de Armenia, nos indican que vamos derecho a un abismo.

Hace pocos días Érika Salazar, después de matar a sus tres niños, Felipe, Mariana y Valeria, menores todos, agobiada por las deudas, perseguida por usureros, se suicidó para huir de la realidad de una ciudad que, muchas veces, no deja salida a sus habitantes. ¿A quién importó la muerte de esta joven madre?

Ya estamos inmersos en las campañas políticas, la del continuismo y las otras, y ninguno, ningún candidato parece entender que la situación es dramática en el campo social, y que el pedacito de cielo, nominado por la boca sucia de un líder oscuro y pavoroso, se desintegra frente a nuestros ojos, se difumina, porque los niños no tienen una escuela dulce para el aprendizaje, los jóvenes no encuentran un destino creativo, los padres no hallan empleo digno y los viejos, vilipendiados, no tienen qué comer en los geriátricos.

Imaginé que alguien diría en Armenia, alto, paremos este asunto, y sentémonos a conversar sobre las causas de la muerte de Érika, y sobre el porvenir de millares de jóvenes que trajinan nuestras calles. Pero nadie habló de detener el carromato añoso de una ciudad que se pintarrajea de joven para engañarse a sí misma.

En un poema breve, en Tiempo reunido, libro de Juan Aurelio García, está escrito: La lágrima que baja por el rostro deshace la máscara. Tal vez ocurriría así en otra parte. En Adelma que es la ciudad de los muertos de Italo Calvino. En Armenia no pasa, porque nuestras máscaras están galvanizadas por la moneda del individualismo.

Érika Salazar, y sus hijos, ya no están. ¿Alguien se dio por enterado de esa tragedia?

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