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 FUEGO AMIGO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Todo valía para ellos: el fin justificaba los medios"

Hace unos meses un joven quindiano fue a la Octava Brigada porque su deseo era prestar su servicio militar. Había crecido con la idea, propalada por el Estado y los medios de comunicación, de que el Ejército de Colombia era una fábrica de héroes.

Fue incorporado y remitido al Batallón de Instrucción y Entrenamiento No. 8 "José Vicente Ortega y Mesa", en Chinchiná, Caldas. Luego, cuando pasaron los primeros meses de su instrucción básica, el joven juró bandera y, feliz aún, fue devuelto al Quindío. Trasladado al batallón de alta montaña, descubrió que padecía una alergia severa al frío, que lo inhabilitaba para patrullar por terrenos de mayor altitud. Comunicó sus dolencias a sus superiores, pero de ninguna forma atendieron sus súplicas; ellos, indolentes, se burlaron del soldado raso y lo obligaron a prestar guardia en las madrugadas.

Este joven se fugó del Ejército, porque su cuerpo no resistía las bajas temperaturas. Huyó a pie limpio desde La Línea, por lugares agrestes de nuestra geografía. El Ejército de Colombia, a pesar de las manifestaciones de sus padres, ahora lo procesa por desertor.

Cuento esta historia porque los recientes escándalos del Ejército y de la Policía hacen visible lo que intuíamos: que esas instituciones, tan importantes en nuestra sobrevivencia como democracia, hacen parte de la putrefacción generalizada que nos ahoga. Corrupción que va más allá, y que trasciende a prácticas cotidianas de la deshumanización rampante de esos organismos.

Nos correspondió asistir, en esta época, a los grandes escándalos de la fuerza pública, relacionados con la retoma del Palacio de Justicia, con la infiltración de la mafia de la droga en su estructura, y con su vinculo orgánico con los grupos paramilitares, tragedias colombianas que aún no se investigan del todo y que, por el contrario, son negadas de manera contumaz por un Estado permisivo y temeroso. Le tenemos pavor a los militares, temor reverencial, como si ellos determinaran el ámbito y los límites de la civilidad.

Los paramilitares, con la anuencia y colaboración de integrantes de la fuerza pública, exterminaron un partido político de izquierda, como lo fue la Unión Patriótica. Después, como si fuera poco, los militares, por mano propia, dieron de baja a cerca de 6.000 colombianos inocentes, en los llamados falsos positivos, con lo que su degradación moral cayó al abismo de lo inefable.

Nadie niega los sacrificios de buena parte de la policía y del ejército en la sostenibilidad de esta precaria democracia. Ellos, a veces solitarios, enfrentaron a enemigos terribles, a quienes poco a poco han vencido. No obstante, en esa larga lucha, perdieron en el campo de batalla el sentido de la ética, prendieron candela a sus propios principios y pusieron en fuga al respeto por la ley colombiana y por el derecho internacional humanitario. Todo valía para ellos: el fin justificaba los medios.

Lo dijo el coronel Luis Carlos Sadovnik, de la Brigada 13 del Ejército, cuando pedía en clave la desaparición de los sobrevivientes en el Palacio de Justicia: "Esperamos que si está la manga no aparezca el chaleco, cambio". Esa es la metáfora viva de nuestra democracia.

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