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 FUERA DE JUEGO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Sabemos que el fútbol como instrumento político sirve para sedar conciencias"

Sabemos bien qué es el fútbol, pero lo seguimos viendo desde una gradería o al frente de una pantalla de televisión. Sabemos que es un deporte maravilloso que alguna vez se jugó por placer en los potreros, en las playas, en los zaguanes de las casas, hasta que llegaron los mercaderes, los comerciantes de ilusiones y lo convirtieron en una pasarela de anuncios publicitarios.

Sabemos que el fútbol como instrumento político sirve para sedar conciencias. Recuerdo que alguna vez una Ministra de Comunicaciones obligó a la transmisión de televisión de un partido de fútbol, Millonarios-Magdalena, con el objeto de encubrir la crueldad de la retoma del Palacio de Justicia, por parte del ejército de Colombia, en esa barbarie cometida por el M-19 en Bogotá, en 1985.

Y así pasa en todas partes. Verti Vogs, un jugador alemán del mundial de 1978, lo rememora Eduardo Galeano en el libro El fútbol a sol y sombra, alguna vez declaró que Argentina era un país donde reinaba el orden, porque él no había visto ningún preso político en ese país, donde Videla y sus secuaces del ejército hicieron lo posible —lo imposible lo compraron— para que el mundial limpiara sus culpas.

Santiago Bernabéu, Presidente del Real Madrid, y el mismo Vicente Calderón, del Atlético de Madrid, consideraban que el fútbol era una especie de Valium de la plebe, con el que encubrían los crímenes del dictador Francisco Franco.

El fútbol es una anestesia social encubierta de patrioterismo, de pasión chiflada en cornetas, de bandera, harina y puñal, claro, pero también es una forma ética y estética que dice mucho de las sociedades.

En el mismo mundial de 1978, los jugadores holandeses no saludaron a los integrantes de la Junta Militar Argentina, y en Brasil millares de ciudadanos protestan contra esa multinacional que es la Fifa, la que encubre sus delitos como si fuera una organización mafiosa o alguna confesión religiosa, entidades que, en este tiempo, parapetan los dogmas de su credo en las mismas columnas de sus cuentas bancarias.

Brasil da un buen ejemplo de rebeldía frente al negocio estrafalario y obsceno que es el fútbol. Juega pero también grita su desdicha desde las favelas, así los presentadores de televisión lo minimicen. Goza con el escurridizo Neymar pero escucha y multiplica las protestas de su gente, lideradas meses atrás por el atorrante de Romario, ese saltimbanqui goleador que punteaba el balón para burlar a los arqueros.

En Colombia, mientras la selección de fútbol exhibe la danza ciclotímica de nuestro ánimo, los ciudadanos no saben, no sabemos, cómo administrar la felicidad; nos parece distante y graciosa, propiedad de otros y tal vez por ello no podemos celebrarla. Nos conmovemos, sí, pero graduamos a los demás de enemigos por compartir nuestra alegría.

Necesitamos doscientos años de vida colectiva para especializarnos en el dolor propio y en el ajeno; ahora, ojalá aprendamos en menos tiempo a conmovernos con la victoria o la derrota de un equipo de fútbol. Es simple: el fútbol de nuestra época, como lo dice Galeano, es solo un triste viaje del placer al deber.

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