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JOSÉ NODIER

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GUERRAS PERDIDAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"¿Qué significa el fusilamiento del indio Lorenzo?"

Dice Ángel Castaño, reseñador de Arcadia, El Espectador y la Crónica del Quindío, que en La guerra perdida del indio Lorenzo, mucho de lo destacable está en el narrador, Vicente Orduz, y en su rabia contra los señores de la guerra, los que entregaron el departamento de Panamá a los Estados Unidos de Norteamérica.

En esa novela de Rafael Baena, un intenso relato de batallas y traiciones, redescubrimos varios asuntos: que los liberales y conservadores, desde hace más de doscientos años se han alternado el poder para gobernar con las mismas ambiciones y exclusiones; que hemos mirado a los extranjeros con un respeto rayano en la sumisión; que las guerras las pelean de verdad los campesinos; que la cesión del Istmo de Panamá fue un negociado de la clase dirigente; y que nuestro arribismo, en las actitudes, en muchos es una traza cultural agobiante.

El indio Victoriano Lorenzo, tal vez el único cholo que llegó a general de un ejército en este país, es un personaje real perdido en las batallas de la guerra de los Mil Días, pero rescatado por el novelista Baena para que entendamos un poco la historia y nuestros procederes, lo que al final es la esencia de la obra literaria: comprender mejor lo que somos, iluminar zonas oscuras.

Peleaba el indio Victoriano Lorenzo bajo el estandarte de las guerrillas liberales, pero su desconfianza con los jefes era una marca de nacimiento. Buscaba reivindicar a su pueblo indígena, y las dinámicas de su tiempo lo llevaron a combatir hasta su muerte, traicionado por su propio partido, las injusticias de clase. ¿Por qué nadie sabe de la existencia del indio Lorenzo? ¿Por qué el Partido Liberal lo entregó a sus enemigos, los negociantes del Istmo, los conservadores? ¿Qué significa para Colombia el fusilamiento del indio Lorenzo?

Preocupa, al leer la novela de Rafael Baena, quien murió en días pasados, que la historia de la nación la escriban en nuestro tiempo, a través de la ficción, los novelistas. Dice mucho de la tergiversación de la realidad, a la que estamos acostumbrados los colombianos. ¿En dónde están los historiadores?

Ahora, cuando se habla de la recuperación del Galeón San José, en el océano Atlántico, y cuando se debatirá en la Corte Constitucional una tutela relacionada con el tesoro Quimbaya, nos deberíamos ocupar de entender ciertos rasgos de nuestra personalidad social, a través de esos fogonazos históricos que nos procura el presente. Neblinoso presente.

El tesoro Quimbaya, regalado en 1892 por un conservador al reino de España, por encima de constituir un conjunto de piezas de oro, de valor real, es un legado simbólico y trascendente por su peso histórico, sí, pero también por lo que nos significa como pueblo, lo que dice de nuestras acciones y omisiones. ¿En dónde está investigado en el Quindío nuestro pasado precolombino, a los 50 años de nuestra fundación como entidad territorial?

Preguntas sin respuesta y, claro, guerras perdidas. Como ocurrió hace pocos días, cuando por auspiciar precandidaturas presidenciales en el seno del gobierno nacional, vendimos, casi que regalamos a los canadienses, en subasta de uno, una empresa poderosa como ISAGEN.

Fusilado el indio Lorenzo, en 1902, ese día disparamos a quemarropa contra nuestra propia dignidad. Y la enterramos.

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