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 HISTERIA DE HOMBRES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Tenemos la responsabilidad de pensar en grande, y de dejar atrás la conciencia de liliputienses"

La penumbra persiste. Algún día las mujeres del Quindío escribirán su propia historia. Relatarán los avatares de su llegada a esta tierra a finales del siglo diecinueve, y cómo colonizaron con la urdimbre de su paciencia los montes de esta región. Nos dirán que mientras los hombres salían a descuajar la montaña, a talar árboles y a matar tigres, ellas cuidaban la casa, sembraban matas, alimentaban gallinas con maíz amarillo, cebaban cerdos, abrían zanjas para sus huertas y tendían enredaderas de flores entre los naranjos y los guayabos. Y organizaban los convites.

Contarán de seguro que los hombres, arrogantes, ansiaban dominar la naturaleza, reducirla a sus pasiones, derrotarla, y que ellas, por el contrario, querían llevar los bosques a la sala de la casa, entrar las materas a los cuartos, posarlas en el alféizar de la ventana, cuidar en el comedor a los gatos, acariciar el pelaje de los perros, y jugar al escondite con el loro que vociferaba en la estaca del patio. Las mujeres, casi siempre, aspiraban a fundirse con la naturaleza; su felicidad coincidía con el triunfo de la naturaleza sobre la ambición desaforada de los otros mortales.

Cuando la noche llegaba, ellas, entre las paredes de bahareque, en buena parte decidían el futuro de la familia, cuando el macho, en la almohada, quedaba derrumbado por el peso de su histeria progresista.

Ellas, como sucedió en las guerras entre el federalismo y el centralismo en Colombia, y en la violencia después de la República Liberal, y en la matanza de 1948, ofrendaron las víctimas, ya fuera porque sus hijos marcharon al frente de batalla o porque, como ha ocurrido en los frentes guerrilleros de las Farc o del Eln, se convirtieron por cuenta de las lógicas crueles de los hombres, en sujetos del despojo, en moneda de intercambio, sin albedrío sobre sus propios cuerpos y sobre sus imaginarios y deseos.

Durante más de un siglo las mujeres en el Quindío hacen parte de un paisaje que las mimetiza y hace invisibles. Tanto así que ellas, cuando acceden al poder, son tan vulnerables en su autoestima que virilizan la gobernanza: imitan de manera indigna a los varones para sus prácticas políticas y sociales.

En la literatura aparecen reseñadas como víctimas. En Viento seco, novela de Daniel Caicedo, a ellas las empalan y acuchillan en Ceylán. En Así empieza lo malo, de Javier Marías, ellas son las víctimas de los caballerotes franquistas, quienes las violaron y manipularon con la anuencia de la dictadura.

En el Quindío necesitamos recuperar la memoria de mujeres que hicieron realidad, desde el arte o la acción cívica, el ideal colectivo. Por ejemplo, se podría construir en el sur de Armenia, para los cincuenta años del Quindío, un parque educativo bilingüe o un parque biblioteca que visibilice a Carmelina Soto Valencia, la poeta del Viejo Caldas.

Tenemos la responsabilidad de pensar en grande, y de dejar atrás la conciencia de liliputienses; la misma que hoy nos condiciona a seguir ensimismados entre montañas.

¿Cuándo se construirá un parque biblioteca en el Quindío? ¿Cuándo será levantado un teatro multifuncional y público en Armenia? La penumbra persiste.

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