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 HONOR PERDIDO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Razones tienen quienes piden una Asamblea Nacional Constituyente"

En cada colombiano vive, in pectore, un sargento que aspira a tomar whisky en un casino de coroneles y generales. Uno lo sabe porque se los encuentra por todas partes: dan órdenes en los comedores de las casas, gritan en algunas aulas de clase, gesticulan en las tarimas, crean bandas marciales y vociferan en las oficinas públicas, todos con la anhelo de parecer comandante en jefe de su metro cuadrado.

Ese extraño síndrome del arribismo, de querer simular importancia por la exudación de autoritarismo y poder, se corresponde bien con la idolatría que tenemos por los militares, por héroes como Bolívar o Santander, que hoy sabemos por la arqueología de la historia y la literatura que eran pequeños déspotas, peripatéticos ídolos que también se revolcaron en el lodo de sus ambiciones.

Como pasó con algunos generalotes del siglo diecinueve, los Arboleda, los Alcántara Herrán, los que lucharon por la federalización, los que defendieron el centralismo, los aristócratas que fueron a la guerra de los Mil Días, los mismos que en el siglo veinte —Rojas Pinilla, por ejemplo— sembraron de corrupción y nepotismo al ejército de Colombia.

Todos nos vendamos los ojos. Nos hicimos los locos. Sabíamos, desde cuando nuestras milicias adoptaron las doctrinas Monroe y Truman de los norteamericanos —las mismas que mantienen las torturas en Guantánamo— que seguíamos los pasos de las dictaduras de Paraguay, Chile y Argentina, solo que con una diferencia: aquí los militares no necesitaban dar un golpe de Estado, como Stroessner, Videla o Pinochet, porque solo con el ruido de sables, los políticos pusilánimes salían temblando hacia los cuarteles con un nuevo privilegio en las manos —megapensión con 20 años de servicio, agregaduría militar, clubes de lujo— para entregárselo a los tripudos generales que tomaban trago importado en sus oficinas blindadas.

Así sucedió con el General Camacho Leyva cuando Turbay Ayala le entregó el país para que lo gobernara con el Estatuto de Seguridad y así ocurrió con los Rito Alejo, los Landázabal, los Bedoya, y con los troperos que hicieron de nuestros muchachos, los soldados rasos que pagaban servicio y los cuatro mil civiles que fueron asesinados por cuenta de los falsos positivos, en tiempos de la seguridad democrática, carne de cañón de sus codicias.

De nada vale que el Presidente de la República, Santos, acosado por su prurito reeleccionista, intente tamizar las aguas negras de la Fuerza Pública de Colombia. De nada vale que le pida a Pinzón, su Ministro de Defensa, el Boy Scout de los militares, que estremezca el manzano, que agite las ramas, porque el tronco expele el hedor de la savia fermentada que no quisieron oler, y que no percibirán nunca, los que hoy se rasgan las vestiduras con su moral escualizable.

Razones tienen quienes piden una Asamblea Nacional Constituyente, los que quieren votar en blanco, y los que no quieren votar —y los que votaremos asqueados— por denostar de esta democracia de coroneles que delinquen, con fuero militar, desde la penumbra de sus operaciones.

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