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JOSÉ NODIER

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JUGAR EN EQUIPO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Empezamos el partido con un gol en contra y un jugador menos

A Colombia cada vez que le corresponde jugar en equipo, se le cae la estantería de sueños. Lo sabemos en la vida diaria y lo vemos en el fútbol.

En las elecciones lo verificamos. Cuando Gustavo Petro invocó desde el primer minuto de juego la unión del centro y la izquierda para derrotar a la derecha anacrónica que hoy nos gobierna con Santos y que mañana lo hará con un joven dirigente -arropado este con los banderines de la homofobia, la corrupción rampante y el desarrollismo radical-, la respuesta fue la estigmatización.

A Fajardo, con esa egolatría que lo caracteriza, no le interesó el llamado de Petro, menos la unión con un sector del partido liberal y finalizó su campaña con una metáfora de la soledad: como un ciclista desolado que sube la pendiente de su propia personalidad en procura de una meta de aplausos únicos.

Luego, como si quisiera salpicarnos con su mar de indecisiones, se extasió otra vez solitario con las ballenas ajenas de un mundo que no nos corresponde. Un Paisajómano, es decir, un hombre que se mira, absorto, su propio ombligo.

Pékerman, el bondadoso hombre que nos llevó a dos mundiales, diseñó un equipo alrededor de la idea y el desempeño de James Rodríguez, de su talento, y esa decisión, de volver subalterna la idea de la solidaridad, nos deja huérfanos ante los equipos que se aferran al valor de trabajar en comunión.

Quedó demostrado en la primera vuelta del mundial de fútbol que las naciones, representadas por sus selecciones, aglutinadas alrededor de una idea colectiva pueden, sin tener las lumbreras de los demás, poner en jaque o ganarle el conflicto a los otros equipos, toda vez que los once jugadores giran alrededor de un propósito común.

Lo hizo muy bien Croacia, con su estilo de juego, Islandia, con su acezante conservadurismo, o Uruguay, con su pragmatismo hirsuto. Y lo hizo mejor México, que nos enseñó de nuevo el valor de la planificación al detalle y de la laboriosidad común para cumplir un objetivo.

La selección Colombia se debate en la desconexión de sus partes, como pasa con las diferencias marcadas de nuestras regiones. La Costa Atlántica no sabe que existe la Pacífica y la región andina no entiende qué ocurre en las fronteras. Estamos desconectados y segregados: no encontramos un lenguaje común. ¿Nos podría unir el crimen o la ilegalidad? ¿Nos podría unir el deseo de trascender la premodernidad, es decir, el repudio al crimen y a la ilegalidad?

En el vestuario de la selección Colombia, en la tenacidad de Falcao, en la zurda exquisita de James o en los amagues festivos de Cuadrado o en la seguridad del defensor Zapata, podría estar la respuesta para ganar el partido contra Polonia; pero más que en esas expresiones individuales, la solución está en que juguemos con la convicción de equipo, de encontrarnos en una misma cancha para mirar juntos el horizonte contrario.

Esa estrategia en la conducción del país, por ahora no será posible: le vendimos el alma al infierno del capitalismo salvaje, al cielo de las élites, aquel que significa la prosperidad individual y excluyente de los ricos, de los grandes empresarios, con el fin de asegurar la abundancia en la mesa.

Empezamos el partido con un gol en contra y un jugador menos.

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