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JOSÉ NODIER

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LA BATUTA DEL CÍNICO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

No se le puede pedir a un sordo que afine pianos

Los sonidos de las bandas de marcha, el compás y el taconeo de los zapatos, la elegancia de los músicos, su certera sincronía, provocan la exacerbación de lo más parecido a la valentía, es decir la actitud de enfrentar la injusticia y de defender con fiereza alguna verdad.

Ya fuera en la escuela Valle del Cauca de Caicedonia o en el colegio Jorge Robledo de Calarcá, que vestía de verde a sus alumnos, la banda de guerra era para mí un sospechoso orgullo, una manera de aceptar un género de música que distinguía de los demás mortales. Escuchar al paso esas piezas musicales, como si estas fueran la banda sonora de nuestras vidas, era también la selección natural de nuestras efervescencias juveniles.

Para los griegos marchar y resistir por sus cañones y mesetas, como Leónidas por el desfiladero de las Termópilas, fue una táctica de guerra. La marcha, aupada por instrumentos musicales, fue siempre un estímulo para los guerreros y una disuasión para los contrarios, por la belleza de la música fabricada por un grupo que camina hacia el heroísmo y por la altisonancia de sus gestos, casi siempre cortados en el aire por la austeridad de lo preciso.

Napoleón, con su gran armada, navegó y caminó hacia Rusia, y Tchaikovsky escribió 68 años después la bella "Obertura 1812", que celebraba la resistencia rusa frente a la marcha de los invasores. La música nos muestra, con acordes, la grandeza del alma humana, su peregrinación por el dolor o por las efímeras felicidades.

En el año 2007 en Colombia, Gustavo Moncayo, un profesor de historia, atravesó 1.200 kilómetros desde Aquino de Sandoná hasta Bogotá, como caminante por la paz, para pedirle a las Farc la liberación del cabo Pablo Emilio y para clamarle al gobierno de Uribe un gesto humanitario ante el secuestro de su hijo. Las Farc no atendieron y el Presidente de esa época humilló al caminante en la plaza de Bolívar. No se le puede pedir a un sordo que afine pianos, dicen.

Las marchas son la metáfora de la vida y no son actos para mentir o para inducir a la mentira, como ocurrirá el 1 de abril, cuando el Centro Democrático caminará para ejercitar el músculo híspido de su doble moral.

Ahora, como si la historia no tuviera valor y su mitomanía personal fuera un bien colectivo, Álvaro Uribe Vélez, el presidente del gobierno más corrupto de la historia, el mismo que se hizo reelegir a través de maniobras sucias, nos quiere enrostrar nuestra estupidez. Decirnos de frente que somos imbéciles y que no comprendemos que él solo quiere lanzar bombas de humo tras su retórica altisonante.

Cuenta Uribe con la ignorancia o la ingenuidad o la buena fe de una parte de nuestro pueblo, que lo entiende y estimula como líder de un país oscuro, xenófobo, homofóbico, inmerso en un lodazal de prejuicios, el mismo que quiere hacer salpicar para todos.

La marcha de esa legión de cruzados, adalides de papel y escarcha, es producto de la batuta de un cínico.

Caminar es un acto de liberación espiritual y de reconocernos en la naturaleza. No puede ser la práctica de una nación enmascarada, de aquella que huye a los espejos y se regocija en el dogma.

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