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JOSÉ NODIER

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LA CASA NUESTRA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Se requieren nuevos liderazgos o al menos que nos rebelemos ante esta realidad

Después de muchos años de vivir en Armenia tomé la decisión de regresar a Calarcá. Mi deseo era recuperar viejas calles, como las transitadas por Carlos Alberto Villegas Uribe en su ensayo "Las calles nuestras de cada día", una versión poética de un eterno retorno a la casa, ese lugar que habitamos en la infancia.

Carlos Alberto, lúcido, cita a Gaston Bachelard: "La casa alberga el ensueño, la casa protege al soñador, la casa nos permite soñar en paz. La casa en la vida del hombre suplanta contingencias, multiplica sus consejos". Y la casa nuestra, claro, es Calarcá.

Lo menciono porque antes del terremoto de 1999, yo había regresado de Bogotá a mi casa, y ahora que lo vuelvo a hacer, de nuevo encuentro la desazón de enfrentarme a la imagen de un mundo que frente a nuestros ojos, cada día, parece desmoronarse.

El desempleo en Calarcá, fenómeno estructural, campea por cada esquina o en ese monstruo de cemento, híbrido de grises y suciedades, que es la plaza de Bolívar. Allí en ese pañuelo de soledades y vocinglería desordenada, Calarcá admite su fracaso: ese espacio está destinado, en buena parte, a parqueadero de motocicletas y vehículos, como si aceptáramos de un todo la deshumanización propia de la sociedad de consumo.

En la plaza de Bolívar, antes ocupada por árboles y recuerdos, ahora la comunidad se fragmenta: acá están los ancianos, más allá otros marginados, y en todas partes la sensación de miedo cuando cae la noche porque ese lugar, casi siempre, es ocupado por la oscuridad de quienes buscan alterar su conciencia.

Caminar estas calles es un riesgo para la vida. Los ladronzuelos, armados de puñales o de alucinaciones, se apostan al borde de nuestras incertidumbres. La inseguridad en Calarcá no es una percepción como podrían decirlo los analistas, sino una realidad reflejada en el asalto, en el robo y en la agresión.

Y qué decir del transporte público: al garete. Las empresas de taxis, Cooperativa de Motoristas de Calarcá, y El Cacique, hacen lo que quieren con el usuario. Muchos conductores de esas empresas atienden o desatienden a su amaño a los ciudadanos. En horas de la noche o en festivos, por ejemplo, es cotidiano encontrarse con que ellos eligen a su arbitrio los horarios o los turnos de atención. ¿En dónde está la autoridad vial o de transporte en Calarcá. ¿Acaso debemos tolerar la negligencia de los administradores de las empresas de transporte, sin decir nada e impotentes ante tanto abuso?

Calarcá requiere, además del esfuerzo que hace la actual administración, una decisión colectiva que la salvaguarde de los fenómenos propios de este tiempo, es decir, la pauperización de la vida en ciudad.

Se requieren nuevos liderazgos o al menos que nos rebelemos ante esta realidad.

El domingo, día de elecciones, uno podría pensar que no hay esperanza, frente a tanto escepticismo social. Pero sí hay alternativas: de tiempo atrás el abogado Óscar Iván Sabogal Vallejo ha intentado ejercer un liderazgo en Calarcá. Conoce al dedillo lo que somos como pueblo, y bien vale la pena votar por su aspiración.

Otro tanto sucede con Jorge Iván Avendaño, quien muy bien nos podría representar en La Cámara de Representantes. Jorge Iván es honrado e inteligente y podría, con su energía creativa y su empeño, ayudar a recuperar la casa nuestra.

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