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JOSÉ NODIER

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LA FORMA DE LAS RUINAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"La historia de la otra orilla solo la cuentan los dementes, porque es sospechosa de irrealidad o de fantasía"

Juan Gabriel Vásquez, en su novela La forma de las ruinas, desentraña algunas claves de nuestra violencia. No son descubrimientos de su ficción, aclaro, sino la reafirmación de verdades conocidas con el paso del tiempo: que en la muerte de Rafael Uribe Uribe la mano de la iglesia, oculta entre los dobladillos de la sotana, aparece para guiar el instinto de los dos carpinteros, Leovigildo Galarza y Jesús Carvajal.

Armados de hachuelas y de un odio reconcentrado, ambos se abalanzan sobre el libre albedrio con el objeto de exterminarlo, es decir, que más que asesinar al general lo que buscaban esos hombres, aupados por la ultraderecha, era destruir cualquier asomo de libertad de opinión.

Conclusiones: que el ala extremista del partido conservador y alguna confesión de la Iglesia católica, como instigadores y cómplices, participaron en la muerte de Uribe Uribe.

Para esa época el general Uribe Uribe ya era un hombre reposado, conciliador, después de luchar en cuatro guerras, que intentaba dotar de tranquilidad a un país convulso, cuyas fiebres y paroxismos estremecían el cuerpo entero de una geografía extensa y disímil. No obstante, propugnar la paz en esa época, buscarla ahora exacerba odios, vulnera heridas, asusta y escandaliza a muchos, como si este país estuviera de verdad condenado a cien años de desolación o de soledad, como bien lo grabó en piedra García Márquez.

Lo mismo pasó, como lo escribe Vásquez, en el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, donde la conjura logró lo impensable el 9 de abril de 1948: que el hombre protegido por el pueblo, quien mantenía una entrañable empatía con los pobres, muriera a manos de un presunto loco, como si la historia se repitiera y no tuviéramos más remedio que aceptar la versión del establecimiento, es decir, una mentira. Todos sabemos que la demencia de Roa, el asesino de Gaitán, solo es la mampara de un cúmulo de intereses y de la preservación de inmensurables privilegios para unos pocos.

La novela, contada en la primera persona del narrador, que es el mismo novelista, en esencia es relatada desde el discurso de un hombre en apariencia alucinado, Carlos Carballo, quien teje la relación entre los magnicidios de Uribe Uribe y Gaitán, en un ejercicio que me deja dudas en relación conque la versión no oficial termina en boca de un personaje poco fiable, casi que enloquecido por sus obsesiones. ¿Por qué esta verdad, próxima a una realidad escondida, está preñada por la ambigüedad o por las compulsiones de Carballo, una especie de demente que persigue ideas fijas?

De alguna manera es como si el autor, Juan Gabriel Vásquez, quien escribe también sus propias anécdotas y cuenta un poco su método para la ficción o para escribir sus columnas en un diario, nos pusiera contra la pared de su mirada ideológica: la historia de la otra orilla solo la cuentan los dementes, porque es sospechosa de irrealidad o de fantasía.

En la forma de las ruinas, la novela, está descrita nuestra historia: una sarta de mentiras, un álbum de falsos héroes y, también, unos personajes humildes, marginales, que hacen de este país un surtidor de esperanza.

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