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JOSÉ NODIER

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LA MARCHA DEL SILENCIO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Fogata efímera, idealizada, de las egolatrías del poder tradicional de Colombia"

Cada vez que los políticos de oficio, en uso de procederes ladinos, llevan el país al abismo de sus miedos, como lo hizo la ultraderecha el pasado 2 de octubre, y a millones de colombianos que siguieron de buena fe sus consignas, cada vez que ellos nos soliviantan al barranco de la tragedia verbal, a un centímetro de la tragedia real, aparecen los jóvenes para darles una lección de sensatez, de sentido común, que ellos no aprenden por cuenta del frenesí de sus ambiciones. Desquician a Colombia, y luego sacan petróleo de sus terrores colectivos.

Así sucedió en 1957 cuando el país, ahíto de la dictadura y la violencia en los campos, reaccionó desde la sociedad civil, y pasó lo de ahora: se encerraron los jefes del bipartidismo en habitaciones palaciegas, a manteles, y se repartieron la torta, la tierra y el poder. Con la creación del Frente Nacional cerraron el sistema político, y lo tapiaron con el pacto de alternancia en la Presidencia, y así se comieron los dulces de la insatisfacción popular. Ah y además, como pasará ahora, sellaron un acuerdo de impunidad legal para sus familias y amigotes.

Lo vimos el domingo cuando, sin apreciar el trabajo juicioso de cuatro años, elaborado con la filigrana política de nuestra Constitución y del derecho internacional, del Estatuto de Roma, la aplanadora del prejuicio avasalló el intento de modernidad incluido en los acuerdos firmados, en temas de rezago por gestión de nuestras élites, tales como la destinación de la tierra, la equidad de género y el respeto por las minorías.

Y cuando digo los políticos me refiero también a un Santos, el Presidente, que acumula torpezas: Ayudó a nombrar en la Procuraduría General de la República a un francotirador de la paz; inficionó al Congreso con el empalago antiético de la mermelada; dejó las cárceles hacinadas e inhumanas; no molestó a los mercaderes de la salud, cuando permitió que ellos avasallaran lo poco de público que tenía el sistema, toda vez que llevó al límite a los hospitales públicos y a la paciencia, casi bobalicona, de los clientes de las EPS; y además desmontó el mandato popular que le habíamos dado quienes, a pesar de él mismo, de sus vacilaciones, le conferimos una ordenanza por la paz, y con su incongruencia convocó un innecesario plebiscito, cuando con su elección ya estaba conferido el poder de firmar acuerdos con las guerrillas.

Y cuando digo los políticos, invoco a la quintaesencia del populista y vanidoso, a un Putin criollo, a un Berlusconi de zamarros, a un Duterte con lenguaje florido, al Uribe que de nuevo arrodilla y humilla a los movimientos sociales que anhelan la paz, a las víctimas de las zonas de guerra, solo porque él mismo se inviste de mesías y toma la vocería de colombianos honrados y nobles, sí, pero también de esa nación retrógrada, parapetada en templos de ónix y de garaje, a la Colombia fundamentalista, a ese país de conciencia cenagosa, que pretendíamos respetar, claro, pero dejar atrás.

La marcha del silencio de días pasados fue la metáfora de una hoguera de vanidades; fogata efímera, idealizada, de las egolatrías del poder tradicional de Colombia.

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