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JOSÉ NODIER

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LA MENTIRA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La publicidad es una fábrica de fraudes

La mentira se tomó nuestras vidas. Y no es que ella aparezca ahora, por arte de birlibirloque, no, lo que ocurre es que la sociedad necesita cada vez más de la finalidad del engaño o del autoengaño o de la mímesis, para mantenerse en pie. Para no caer de su borrachera de estulticia y crueldad. Y si eso pasa, requerir con premura la burla, debe ser que cada vez es más agobiante la realidad.

Los escritores lo saben porque inventan delirios e historias. Vargas Llosa dice que la escritura de ficción, la creación de universos alternos, es una forma de sabotear la realidad y de procurarse otra. Los mitos griegos contaban el disimulo, desde la antigüedad, pues los dioses cambiaban de apariencia física para engañar a los mortales.

La mentira nos acecha y quienes lo hacen de manera regular, mentir a cabalidad, como muchos políticos o los infieles, o los publicistas o los novelistas, o nuestra amada astuta o nuestros hijos desbocados pretenden facilitar sus vidas y distraer un dolor. Alexander Pope, poeta inglés, afirmaba: "El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta primera".

Existe un ámbito de la mentira, el arte, donde es necesaria y plausible, si se quiere, porque el creador intenta fijar en el eje de su planeta la certidumbre de un mundo nuevo, que cause, a través de símbolos y metáforas, placer, simpatía o rechazo.

Platón en La República y Maquiavelo en sus obras expresaban que el timo era necesario para preservar la salud del vulgo, y la Alemania nacionalista imaginó que una mentira repetida podía volverse una verdad incontrastable.

En esta época la publicidad es una fábrica de fraudes. El producto ficción, aquel que nos inventan en la televisión o en las redes sociales, que nos otorga felicidades precarias y efímeras, se convierte en una realidad virtual, trampa que nos acecha cuando abrimos los ojos en la mañana.

Los políticos, en buena parte, no saben lo peligroso que es decir mentiras al infinito: alimentan una bestia de múltiples cabezas y tentáculos. Boris Johnson inundó a Inglaterra con sus imprecisiones y mentiras, y por eso el Brexit, la separación de ese país de la Unión Europea, cogió por sorpresa a medio mundo.

El otro medio mundo aún anda atónito con la derrota del "Sí" en Colombia, y con la peligrosa victoria de Donald Trump, un patán que funge de líder de un país que todos creíamos civilizado.

Los populismos de derechas, basados en esquilmarle a la gente las verdades relativas de este tiempo, de embaucarlo con la promesa de la dádiva fácil, de inventarle el dogma de la abundancia, han regresado de la mano de neoliberales excéntricos, que interpretan bien la demencia consumista de nuestro tiempo.

La mentira, más que una forma de moral delicuescente, es una práctica que mina el camino, nos arrincona contra la vaguedad y la ambivalencia, y nos convierte en pastores de una metaficción grupal, es decir, nos vuelve peleles de quienes entienden que todos queremos escuchar lo que nos conviene, lo que nos alivia o nos enajena.

El juego de la mentira nos seduce y nos hace cómplices de poderes disolventes.

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