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 LA MISA HA TERMINADO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Su voz, mera retórica, daña el ritmo narrativo y distrae sin necesidad al lector"

Y la misa terminó para mí. Leí el libro de principio a fin en búsqueda de razones para decir que el universo del escritor se me hacía interesante, perturbador, reflexivo o bello, y que adentrarme en él era grato o útil, tal vez una experiencia estética que deseara compartir con mis contemporáneos.

Y lo hice con el corazón en la mano, limpiando mis arterias de prejuicios, porque pienso que Álvarez Gardeazábal es un periodista inteligente y provocador, aunque no tenga como hábito reflexionar a profundidad sobre los asuntos comunes. Posee un estilo personal notable, pero que no se puede categorizar como el de un escritor irreverente: estridente sí es.

Es un hombre honrado en sus convicciones, pero su alharaca apenas encubre su acendrado apego al poder. Le pasa a Álvarez Gardeazábal lo mismo que a García Márquez: los seduce el poder, los obsesiona hasta el deliquio el aura de los presidentes y ministros y, si es necesario, para perpetuar ese orgasmo del ego, subastan el alma al diablo. García Márquez lo hizo con presidentes de toda laya ideológica y Gardeazábal lo hace con las élites políticas de Bogotá.

Lo triste de mi lectura es que el libro no me emocionó ni me perturbó, y si lo terminé fue porque aspiraba a equivocarme en la idea que me surgió en el capítulo cuarto, donde el autor aniquila, de manera prematura, la ilusión suscitada en las inquietantes primeras páginas. Muerte súbita.

"La misa ha terminado" es el retrato de una parte del mundo católico, de un clero homosexual, que solo representa una cara de esa confesión religiosa. Dos sacerdotes y un cardenal, como personajes principales, nos recuerdan lo humanos, y lo pasionales que pueden llegar a ser los apóstoles cristianos. Y nos dicen que el sexo es útil para alcanzar, en mundos cerrados, las palancas de gobierno.

Si bien es acertada y erudita su dimensión teológica, dos errores, desde mi subjetividad, dañan el encanto anunciado.

La elección de voces narrativas evidencia un error tan grande como la Basílica de Buga, cuando, para dar paso a la vanidad del escritor, inserta opiniones peregrinas sobre el objeto de su novela. Su voz, mera retórica, rompe el ritmo narrativo y distrae sin necesidad al lector: intento fallido de metaficción. Sobran, además, las cartas de un presbítero que intenta convencerlo de que no escriba la novela.

No obstante lo más grave que encuentra el lector es el desgreño gramatical y sintáctico del texto, que parece no tuvo editor ni corrector de estilo, porque sus decenas de equivocaciones, raras en un escritor de su prestigio, minan el territorio de la claridad y de la belleza literaria.

Me quedo con el Álvarez Gardeazábal del pasado. El hombre que nos reveló que la muerte la traían los pajarracos en sus picos. El autor que, con León María Lozano, El Cóndor, nos redescubrió el rostro ulcerado de la violencia.

La misa, para Álvarez Gardeazábal, ha terminado.

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