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 LA OTRA MEJILLA (2)

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Si esa comisión suplanta o elimina las veedurías ciudadanas que existen en el municipio"

Dije que el alcalde de Calarcá, Jesús María Zuluaga, mandaba a sus conciudadanos un mensaje de desdén. Lo expresé porque me parecen sus actos, cargados de simbolismo, suficientes para conocer el talante de su administración. Su arquitectura política y administrativa está diseñada para que todo siga igual, o peor.

Mucho lamenté su afán de negociar el gabinete con buena parte del Concejo y en especial con el sector más retardatario de su partido, con quienes han avalado el derrumbe ético de la administración. Si se mira la dirigencia nombrada, con excepciones, claro está, se advierte que el reciclaje que hizo de la pasada administración es pernicioso, y que no parece un nuevo alcalde sino un regente de intereses ajenos.

Luego de su discurso en la plaza de Bolívar, el anuncio de la creación de un cuerpo de vigilancia cívica, me hizo reflexionar sobre el equívoco de algunos de mis coterráneos, en el sentido de la gestión pública.

El civismo murió, con un pasado glorioso y en medio de honores, con la expedición de la carta política de 1991, porque se inauguró un proceso de construcción de una cultura de derechos, invento francés de hace siglos, y se prospectó que la ejecución pública tuviera veeduría ciudadana y control del Estado, a través de la Procuraduría General de la Nación, de la Auditoría, la Defensoría del pueblo, la Personería, y la Contraloría General de la República. Condicionamos la conmiseración oficial de los particulares, pero fundamos, en el papel, un Estado moderno.

Por lo mismo es un contrasentido que un alcalde diga ahora que, a través de un cuerpo élite de hidalgos y matronas, la ciudadanía podrá observar sus actos, cuando todos sabemos, por ejemplo, qué ocurre con las cuotas burocráticas, que son acuerdos de gobernabilidad o de clientelismo puro, y de los contratos, que son fuente de corrupción y dádivas del poder político.

Me gustaría saber cuáles son las funciones y el presupuesto específico de esa comisión cívica, y si ese grupo de protociudadanos puede criticarlo por el gesto entreguista de la burocracia de comando; si esa comisión suplanta o elimina las veedurías ciudadanas que existen en el municipio; y si duplica las funciones de los organismos de control y de participación ciudadana que están creadas por la Constitución política y reglamentadas por leyes de la república. ¿Esa comisión de verdad funcionará o es, como creo, una trampa para incautos?

No me gusta que los administradores públicos consideren, para sí, que los ciudadanos somos estúpidos, y que pueden actuar con la impunidad social que se genera por la indolencia general o por el manejo amañado de intereses particulares.

El civismo tradicional es una obsolescencia, porque el responsable directo e indirecto es el Estado de representar y gestionar nuestros intereses, y son los movimientos sociales, los partidos, y por tanto la formalidad de la ley, los cauces naturales de la acción pública y la defensa de los derechos colectivos.

No pensarlo así, de acuerdo con los estudios culturales y políticos contemporáneos, es la expresión de la melancolía, la ignorancia o la ingenuidad.

Ya me duele la otra mejilla.

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