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JOSÉ NODIER

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LA TORMENTA PERFECTA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Una indagatoria es casi una boleta de captura y el tobogán preciso para una condena en esa instancia judicial

Saben los abogados experimentados en grandes ligas como Jaime Granados o Jaime Lombana -un tipo ambicioso y arribista, mi ex compañero de trabajo en la Alcaldía de Bogotá- los defensores de Álvaro Uribe Vélez, que la Corte Suprema de Justicia, por su tradición, cuando llama a indagatoria es porque tiene sólidas pruebas contra el acusado. Es otras palabras, una indagatoria es casi una boleta de captura y el tobogán preciso para una condena en esa instancia judicial.

Y como lo entienden así, zorros de baranda que son, entienden que su representado quedaría mejor en las manos de gelatina selectiva del Fiscal General de la Nación, Néstor Humberto Martínez, un aliado del expresidente y un representante de esa clase de políticos colombianos y universales que definen la política como la fiesta del todo se puede, de los enmascarados del carnaval de la impunidad, y del fin justifica los medios.

Llama la atención, como ocurre con frecuencia en nuestro país, que el asunto jurídico de Uribe Vélez exprese bien dos formas de acercarnos a la realidad: de una parte, que se le juzgue por lo insustancial -fraude procesal, soborno-, es decir, por delitos menores, explicados en el contexto de su trayectoria como hombre público.

Bien se conoce, por ejemplo, que desde antes de sus dos gobiernos presidenciales existen hechos oscuros, marañas de su camino que aún no encuentran una respuesta en la justicia colombiana, es decir, su eventual participación en la creación de grupos de autodefensa, su posible intervención en la determinación de masacres en Antioquia y, lo más notable desde lo jurídico, su injerencia o participación en los delitos cometidos, y ya juzgados algunos, durante sus administraciones, ya sean los llamados falsos positivos o los cometidos por sus ministros o altos funcionarios de gobierno.

Y el otro asunto llamativo es la escaramuza política y mediática, el gran bullicio armado alrededor del núcleo, la caja de resonancia que se hace desde una sola perspectiva, la del acusado, como si la realidad fuera unidimensional, sin buscar e indagar por los asuntos de fondo que motivaron las conductas anómalas de los personajes intervinientes. Es como si nuestro destino fuera unidireccional.

Ahora bien, este escándalo pronto dejará de serlo y tendrá varios efectos inmediatos. De un lado que el ciudadano del común podrá reivindicar a la justicia, desde lo simbólico, como un organismo fiable para todos, a pesar de los líos rutinarios de la misma. Nos sentiremos muchos, como ocurrió con la investigación de la parapolítica, inmersos en una sociedad que de verdad camina hacia la civilidad común.

Y otro efecto inmediato es que la gobernabilidad del Presidente de la República, así no lo quiera él, se verá afectada por el parsimonioso pero seguro colapso moral y jurídico de su jefe, quien será el centro de una tormenta perfecta.

En Colombia, muchos de sus votantes mirarán con otros ojos al señor Presidente Iván Duque, y en el exterior será objeto de un análisis más minucioso. Uribe Vélez, un peso estorboso para el mandatario, ahora será un lastre que lo obligará a caminar con sigilo en un campo minado por la opinión pública nacional e internacional.

Así como el proceso 8.000 condicionó al gobierno de Samper, este lío judicial de Uribe Vélez, sin un manejo adecuado, podría inficionar de malas decisiones al naciente gobierno.

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