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 LA VIDA ES SAGRADA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Esa cultura violenta nos llevó a implantar la pena de muerte (...)"

No podemos soslayar la existencia en Colombia de una cultura de la muerte. Nació como invento común cuando arrebatamos al principio este territorio a los españoles y después cuando resistimos los embates de reconquista de El Pacificador Pablo Morillo. Desde esa época, ya sea porque las circunstancias de nuestra historia lo exigieron o por la crueldad gratuita de nuestro espíritu, nos acostumbramos al fuego abierto de las balas y al navajazo de la palabra.

Venimos matándonos sin conmiseración desde la Colonia, cuando los indígenas cayeron en nuestro territorio, quebrados como cañas de maíz; y en la independencia porque nos obligaron los invasores, a punta de oprobios, a tomar las armas. Esa cultura violenta nos llevó a implantar la pena de muerte, eludiendo la figura jurídica, pero anclando su práctica y auge en las decisiones de nuestra cotidianidad.

Simón Bolívar, por insidia de mandos medios y acusación de Carlos Soublette, permitió el fusilamiento de Manuel Piar, amigo suyo, y con esa muerte de la que luego se arrepintió en sus insomnios, patentó la traición en nuestros corazones. El mismo Santander, tan apegado a sus incisos, ordenó el fusilamiento de 39 españoles y 21 patriotas, como respuesta a la ignominia española.

Recuerdo que en mi casa en Las Partidas, cuando llegaban en la mañana las noticias de la limpieza social, acometida por sujetos desconocidos en la noche, ya fuera de indigentes, ladrones o drogadictos, con leve pesar y casi con satisfacción se concluía que las víctimas cuando estaban vivas algo debían y que se lo habían buscado, como si por haber sido transgresores de la moral o de la ley fueran merecedores de la pena de muerte impuesta por nuestro imaginario.

Es más, casi que nos congratulábamos, porque en el fondo sentíamos el alivio de quienes aceptan la supuesta extirpación de un tumor maligno en el organismo social.

Mientras esa actitud de desprecio por la vida fue creciendo, y las nueve guerras civiles se sucedían en el siglo diecinueve, coronada esa época con la terrible guerra de Los Mil días, hicimos también de la lengua un estilete oxidado por el odio que hurgaba en la conciencia adversaria, siempre con el objeto de desangrarla o de aniquilarla.

Perseguimos con maledicencia y sevicia al Libertador, matamos con desprecio de boca el amor de Manuelita Sáenz, acosamos con chismorreos al poeta José Asunción Silva, y dejamos ya en el siglo veinte que hombres mezquinos como Laureano Gómez, desde el rumor y la aniquilación moral de sus incendiarias retóricas, marcaran a fuego de sílaba el rostro de la nación.

Permitimos que el asesinato fuera una anécdota y la calumnia una forma de contradicción política, con lo que amarramos la piedra más grande del río a nuestros cuellos.

Esa cultura de la muerte, que acepta sin parpadear la tortura a los animales, o el feminicidio, lo mismo que pide a gritos la legalización de la pena de muerte, solo se empieza a deconstruir si le anteponemos la solidaridad de marchar juntos, como lo propone Antanas Mockus para el domingo 8 de marzo.

Es hora de hacer las paces con la naturaleza, claro, y con nosotros mismos: la vida es sagrada.

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