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 LAS ESCOMBRERAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Nos hemos ocupado de sembrar nuestro territorio de fosas comunes"

Hemos construido el país sobre una balsa de escombros. Desde el siglo diecinueve nos hemos ocupado de sembrar nuestro territorio de fosas comunes, donde escondimos la evidencia de una larga demencia. Sepultamos, con los muertos, una serie de enfermedades del alma, que al anochecer brota para trastornar nuestra conducta.

En ese siglo, nueve guerras civiles de carácter nacional y catorce revueltas en los Estados o departamentos definieron el destino compartido de advertir en la muerte, en la desaparición, un instrumento definitivo para acallar al otro, para arrebatarle sus tierras o casas o, también, para determinar con crueldad que no tenía de su parte la razón de la vida.

Al finalizar esa época, la guerra de los Mil Días fue el escenario para que los liberales y los conservadores, los radicales y los regeneradores, arrebataran la existencia a cerca de 180.000 compatriotas, en un país de 4.900.000 habitantes. Esos colombianos, enterrados en su mayoría a campo abierto, fueron las víctimas de una confrontación, que luego sería declarada por la historia casi como un empate técnico, y cuya consecuencia más notable fue la secesión de Panamá. Todos perdimos —excepto los vendedores de armas y de odio— como pasa ahora con todas las batallas de la humanidad.

Ya en el siglo veinte la realidad no fue distinta. El 5 y 6 de diciembre de 1928, el ejército de Colombia sofocó una huelga de los trabajadores de la United Fruit Company, en Ciénaga, Magdalena. Dos hechos fueron determinantes para que la huelga sucediera. De una parte, que la compañía norteamericana no reconocía tener empleados, porque los subcontrataba a través de "ajusteros" —como ocurre ahora con la tercerización del empleo o con la famosas cooperativas de intermediación laboral—. Y también porque los salarios, casi siempre, eran pagados con vales redimibles en los propios negocios de la compañía. Esa masacre, recreada en Cien Años de Soledad de García Márquez y en La Casa Grande de Cepeda Samudio, nunca fue aclarada, y aún hoy no sabemos si los muertos enterrados en baldíos o arrojados al mar fueron 47 como dijo el General Cortés Vargas, quien dio la orden de disparar a la multitud, 100 como lo valoró el embajador de Francia, 1.000 como lo reconoció el embajador norteamericano o 4.000 como lo dijeron voceros de los trabajadores.

Esa masacre es una herida abierta de nuestra historia, como lo son las decenas de incursiones de la guerrilla o de los paramilitares, que han minado nuestro territorio de desolación.

En agosto pasado fue iniciada la búsqueda de unos 300 cadáveres en el sector de La Escombrera de Medellín, en la comuna 13, en quince hectáreas, en un basurero a cielo abierto, donde todos los grupos irregulares —las Farc, el ELN, los comandos armados del pueblo, los paramilitares—, según los dichos populares, arrojaron los restos de sus víctimas.

Allí, dicen los vecinos y los defensores de derechos humanos, también fueron enterrados los desaparecidos por cuenta de la Operación Orión, comandada por generales de la seguridad democrática, en octubre de 2002.

Somos un país construido sobre la ambivalencia moral y física de una balsa de escombros. Un país de sombras, que flota bajo el lodazal de nuestras ambiciones.

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