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 LAS TRAICIONES DEL LIBERALISMO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

Es casi pornográfico para un país de inequidades como el nuestro, que se piense, como creen los correligionarios liberales, que ellos son de verdad liberales. Y lo digo porque, hechas las pruebas ácidas, el partido liberal es de todo menos liberal.

Decía William Ospina, en su discurrir por Calarcá, por el Encuentro Nacional de Escritores, que en Colombia jamás floreció un proyecto liberal. ¿Qué es el liberalismo, entonces? Es un proyecto político civilizatorio que pretende la igualdad de oportunidades, la democratización de la vida pública y el respeto por los derechos humanos.

Ahora, cuando se cumplen cien años del natalicio de López Michelsen, cuando el "liberalismo" quindiano entrega de manera arbitraria su aval al Senado de la República, infiero el por qué ese partido, durante más de un siglo, ha convertido la traición en una forma de sentir y actuar.

Pasado el siglo diecinueve, después del desmonte del modelo administrativo de la federalización, exterminado en el campo de batalla en la Guerra de los Mil días, el liberalismo intentó recuperar su ideario con Olaya Herrera y López Pumarejo, cuando se adelantó, entre 1930 y 1938, el mayor esfuerzo público por modernizar a Colombia.

Cuando la Revolución en Marcha empezaba a permear el corazón de Colombia, de inmediato, los mismos jefes liberales desertaron de su propia idea y, a través de Eduardo Santos, echaron reversa, se reconciliaron con la iglesia católica, pactaron con Laureano Gómez, el hombre de las cavernas, y decretaron la Gran Pausa, plan de gobierno que implicaba devolver el país al siglo XIX.

El pueblo liberal así lo sintió y lo denunció en la voz de Jorge Eliécer Gaitán, quien no fue cómplice de esa traición de los jefes oficialistas. Los Lleras, que eran hombres cultos y honrados, pero anclados en la élite conservacionista del centralismo santafereño, construyeron el Frente Nacional que, si bien apaciguó la guerra civil del 48, terminó en una contrarreforma agraria, de apropiación del campo, que de nuevo configuró una traición al pueblo.

El establecimiento mató a Gaitán, y el liberalismo se entregó a una luna de miel burocratera que solo fue criticada por el ímpetu del Movimiento Revolucionario Liberal. Luego, la traición. López Michelsen pactó de nuevo y allí finiquitó cualquier asomo de liberalismo: Turbay Ayala es el mejor ejemplo.

El partido liberal no merece ese apelativo porque, antes de la Constitución del 91, patrocinó la corrupción, nunca defendió la educación pública, jamás desligó al Estado de la Iglesia, fracasó en la reforma agraria, convivió con los paramilitares y engendró en sus entrañas la demencia de la ultraderecha uribista.

Díganme ¿Cuál partido Liberal?

 

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