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 LIBREROS DE VIEJO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"No se justificaría que los dejemos solos en la formalización integral de su trabajo"

Los libros, propios y venidos de otras latitudes, embarcan a sus lectores por viajes azarosos en búsqueda del que no somos, en procura de escudriñar en los caminos las huellas de un ser humano que presentimos, que apenas creemos llegar a ser. Buscamos con la lectura un ser afantasmado, difuso, que corre más rápido que nuestra torpe imaginación.

A veces, cuando llegamos de ese viaje, ya no somos los mismos y nos rebelamos con ahínco contra la cotidianidad de los días. La escritura, los libros, como prótesis de la memoria y el pensamiento según Sócrates, son esencia del patrimonio colectivo.

No es un azar, entonces, que las culturas más antiguas hayan construido su futuro sobre el ideal de las bibliotecas y las librerías.

Digo de las sociedades que advierten más allá de los templos religiosos o de las mesas de juego, un atisbo de libertad, un haz de luminosidad en la conciencia colectiva, que ellas mismas convierten con el paso del tiempo en un valor de sus días, incorporando a sus debates la crítica como fermento de la modernidad y la autocrítica como forma de comprenderse a sí misma y, claro, como un rasgo poderoso de la postmodernidad.

Ahora, que la Alcaldía de Armenia ha construido el edificio para albergar a los libreros de viejo no puedo soslayar lo que ellos significan para un pueblo que pretende encontrar en el conocimiento, en la educación, las claves de su existencia en el siglo veintiuno.

Acaba de culminar la administración municipal la construcción de un edificio en la calle 20, que cierra el círculo de varias experiencias positivas. De una parte, el hecho de que se proyecte el regreso de los libreros de viejo a su espacio habitual, con mejores condiciones, significa que sí podemos conciliar voluntades paradójicas o contrarias, con el objeto de restaurar modos de convivencia. Evidencia que una administración sí satisface, al sostener una política pública, las expectativas de sus ciudadanos.

Simboliza también que entre todos, con los impuestos, respaldamos el oficio de librero, y hacemos con ellos una especie de reinserción laboral, que los entroniza y potencia como comerciantes formales, y los estimula para que aprecien aún más su papel social y compitan, sin dubitaciones, en el exiguo mercado del libro.

Es importante que allí se dejen de vender libros piratas, y que los libreros puedan diversificar su oferta con la venta de productos afines y con la reconversión de ese lugar en un nido de gestión cultural para la ciudad. No se justificaría que los dejemos solos en la formalización integral de su trabajo, y a la deriva en medio de una comunidad que compra pocos libros por año.

Muchas veces he cuestionado la gestión cultural de la señora alcaldesa, porque nunca configuró políticas para el sector en general —contrató su diseño al final, y con una firma bogotana—, y porque sus designaciones en la Corporación de Cultura y Turismo recayeron en personas ajenas al ámbito artístico.

A pesar de sus yerros en este campo, con la construcción de ese edificio para los libreros, con ese gesto de equidad, hace más habitable y bella la ciudad.

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