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JOSÉ NODIER

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LITERATURA DESPUÉS DE LA GUERRA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

La idea es que la barbarie no se repita

Las guerras dejan vencedores y rendidos, cantos y víctimas. La primera guerra mundial lanzó a la humanidad de bruces a la configuración de la Unión Soviética y a la apertura hace cien años de la utopía socialista. Luis Vidales, el poeta de Calarcá, así lo entendió cuando fundó, con otros intelectuales, el partido comunista de Colombia.

Esa utopía del ser humano, que henchía su corazón de bondad, terminó en la pesadilla de las purgas y los fusilamientos, del Estado omnipresente, del exilio de millares de intelectuales y culminó con el fracaso universal como sistema político de la revolución cubana y del burdo populismo venezolano. El camino hacia el infierno está empedrado de buenas intenciones.

Estados Unidos, después de esa primera guerra mundial, cayó en la notable depresión económica de los años veinte, pero tuvo en la cultura, en la música —en el jazz— en la literatura, un bálsamo expresivo que le permitió narrar sus desventuras, preservar memoria y buscar que una parte de su sociedad construyera imaginarios pacíficos y tolerantes. Un gran escritor nació de esa época farragosa: Ernest Hemingway, con su libro Adiós a las Armas.

La guerra civil española de nuevo alborotó las ilusiones de los muchachos de la época, y enlisto a decenas de idealistas en el ejército republicano. Los poetas cantaron a favor del ser humano y en contra del poder omnímodo, y con ese ideal murieron Miguel Hernández y Federico García Lorca. Desde Chile se unió al trino colectivo Pablo Neruda.

Al final la noche prevaleció y los falangistas, comandados por Francisco Franco, se tomaron el poder, cerraron y tapiaron a la sociedad española y dejaron por fuera la libertad. De allí brotó esa gran novela de Hemingway ¿Por quién doblan las campanas?, y de allí surgió una literatura que aún no termina de escribirse para contar la ignominia de un dictador.

Nuestra guerra civil, la misma que fue despreciada y tapada por la ultraderecha política, que nunca aceptó que hubiera un conflicto, produjo grandes novelas como Viento Seco, La Mala Hora, o las pinturas de Obregón o de Débora Arango, siempre en contracorriente, río arriba, en la idea de contar lo que el país político quiso desconocer.

El Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, con el apoyo del gobernador Carlos Eduardo Osorio y de la Alcaldesa de Calarcá Yenny Alexandra Trujillo Alzate, y el respaldo del Banco de la República, a través de Luz Stella Gómez, Coordinadora de Cultura en el Museo Quimbaya, pretende de marzo a septiembre, con más de 500 horas de reflexión en los colegios y universidades, repensar lo que nos pasó para restaurar la memoria y para decirle a los niños y jóvenes que esa pesadilla, sin finiquitar, no puede repetirse en Colombia.

Ángel Castaño, Ana María Guevara, Catherine Rendón, Juliana Gómez, Johan Agudelo, José Rodolfo Rivera, Leidy Julieth Ortiz, Catherine Rendón, Umberto Senegal, Wilmar Suárez, Sergio Hernández, Fabriany Agudelo, Daniel Ríos y Eduardo Díaz, y muchos otros, como líderes del Ciclo Pedagógico del Luis Vidales, de esa inmersión en las historias después del conflicto, de seguro convertirán al Quindío, a las Instituciones educativas, en un gran pensamiento en voz alta para saciar la necesidad de vernos en los relatos.

La idea es que la barbarie no se repita.

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