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 LITERATURAS MARGINALES

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"La ficción —y el amor— nos salva ante la crueldad de la condición humana, y ante sus precariedades"

La literatura es una metáfora de la vida. Así como Francisco Maturana, técnico de fútbol, dice que los jugadores expresan en el campo su manera de ser, los escritores intentan recrear formas de existir o imaginarse otras, que suponen se pueden experimentar. En todos los casos, la literatura bebe de la existencia cotidiana y los escritores, como amanuenses activos de esa relación, pretenden crear un nuevo universo, superior al suyo o al menos distinto.

No es que los creadores divinicen o mistifiquen la cultura escrita, aunque parezca, porque su inmersión en la oralidad, ahora marginal, permite penetrar y entender el meollo de las emociones. Lo que está claro es que la literatura devela zonas grises y oscuras de la realidad, revela matices y detalles, y trasciende la historia de los hombres porque, a contrapelo de lo establecido, cuenta la versión del otro, de la otredad, en particular de aquel que no es el centro del mundo, que su historia, anónima o invisible, lo pone a interrogarse frente al poder y sus consecuencias.

Las literaturas, entonces, nacen de cierta marginalidad. Nacen por o contra la historia oficial y crecen en la mente y en el corazón de quien se siente un lector de realidades, lo que de por sí configura una marginalidad frente al discurso de un narrador.

Lo que ocurre en la frontera de Colombia con Venezuela, a pesar de quienes desean mitigar el sentido de la demencia, hace parte de lo que la realidad entrega o tributa a la ficción, porque se entiende como extraordinario que un sujeto o personaje, como Nicolás Maduro, pueda pensar que una noción limitada de patria, unos mojones, lo autoricen para derruir los sueños, perseguir y acosar a otros, los colombianos, que si bien transgreden en parte la institucionalidad, son sujetos de derechos ante la comunidad internacional.

Esas historias, del tirano patético que persigue con sevicia a alguien o a una parte del pueblo, del idealista que lucha contra molinos de viento, de la mujer ahogada por el corsé de la época, como Ana Karenina o Emma Bovary; de los trabajadores que son asperjados con plomo desde las ametralladoras del ejército en las bananera, en el Magdalena; de los homosexuales que escriben para exhibir su ordalía social; de los indígenas que sienten nostalgia por universos perdidos; o de los versos desgarrados de los negros que huyen de sus palenques, en fin, todos esos relatos tienen en su interior un sentido de reivindicar a la humanidad, de intentar comprenderla en el contexto de sus virtudes y vicios.

Francisco Cifuentes, un viejo amigo de otros lares, que transita veredas de miedo, dice: "He vivido aferrado a la fantasía / vomitando piedras de dolor / con un enjambre de moscas / tratando de salir / de mis aposentos de horror / He nadado en compañía / de un cardumen de peces / que van por las avenidas / de la ciudad sin nombre / con estaciones que se llaman / nostalgia, quimera y utopía.

La ficción —y el amor— nos salva ante la crueldad de la condición humana, y ante sus precariedades. Por lo mismo, solo nos resta aferrarnos a la dulzura de la palabra que nos reconoce y dignifica. Calarcá es una fiesta.

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