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JOSÉ NODIER

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LO BUENO, LO MALO Y LO FEO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

"Lo malo de ser quindiano pasa por cierta resignación ante el destino"

Hace pocos días, Betty Martínez, valiosa periodista y docente, me picó con la idea de elucubrar qué es lo bueno, lo malo y lo feo de ser quindiano.

Si bien estimo que esa simplificación poco dice de una realidad compleja, la urticaria de su pregunta me ronda, toda vez que es difícil en el contexto de los cincuenta años de vida administrativa de esta región, meter en tres compartimientos de un solo bolso lo que somos. Un bolso farragoso. Cargamos muchas piedras en el equipaje.

Creo que lo feo de ser quindiano, como una categoría estética, es el paulatino desapego nuestro de la naturaleza, al querer, por cuenta del prurito modernizador, negar lo que fuimos, alejarnos de la madre que nos dio de comer y nos define: hospitalarios y tranquilos, como lo puede ser la vida útil de un arbusto de café o una heliconia, o de una mata de plátano o un amanecer, es decir que nuestro temperamento sencillo, eso que llaman talante o carácter, en buena parte se lo debemos a que el eflujo de lo natural permeó la columna vertebral de nuestros deseos.

Las ansiedades de ser, las exploraciones de identificación y pertenencia, fueron tamizadas por un organismo vivo que crece en nuestro corazón y, también, en los valles y montañas que circundan la hoya del Quindío.

Lo malo de ser quindiano pasa por cierta resignación ante el destino. Nos resignamos, sin más, a algunos liderazgos tóxicos, que desde la empresa privada o desde el sector público anhelan apropiarse de los bienes públicos, convertir lo que es de todos en botín personal. Es pesada la bolsa de nuestra conciencia: erizada y pedregosa.

Esa resignación se advierte en el silencio, en la debilidad de los quindianos frente al proceso de paz, en la marginalidad propiciada por el gobierno central, en la poca inversión en educación y cultura, en fin, en esa especie de indolencia ante los asuntos que nos interesan a todos como sociedad.

Mucho se añora, como si hubiera ocurrido en otro ámbito, en un lugar remoto, el civismo de quindianos que no se arredraban ante la adversidad, gentes como John Jaramillo Vélez, Braulio Botero, Euclides Jaramillo Arango, o en la época reciente como Oscar Jaramillo García, Jorge Humberto Guevara, Jorge Vergara Guzmán, Martha Cecilia Valencia, María del Rosario Trujillo, en fin, ciudadanos de todas las horas que piensan en un servicio desprovisto de reciprocidades y réditos personales.

Lo bueno de ser quindiano nace de la bondad intrínseca, medio campesina, de nuestros procederes. Aún nos duele la injusticia social y nos atosiga el desamparo de los ancianos o el atropello contra las mujeres o los niños.

Nada es más paradójico que la insurgencia contra las lacras de la pobreza haya nacido aquí, en Génova, como fuerza revolucionaria, y que su finiquito, la terminación del conflicto con las Farc, como negociación de paz, haya terminado en manos de un hombre de La Tebaida. Esa paradoja no es gratuita.

Como no es gratuito, dice bien de nosotros, que defendamos nuestro derecho al agua; ahora nos queda defender, ante los tiburones de la guerra, nuestro derecho a vivir en paz.

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