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 LOBOS AL ACECHO

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

Decía Franz Kafka que la esperanza (la felicidad) existe pero no es para nosotros. De alguna manera eso ocurrió para quienes caímos del tobogán del siglo veinte.

El mundo envejeció en el decurso de cien años o, peor aún, se avejentó: la ciencia inventó la precisión pragmática de su tecnología y el arte se relativizó para vendernos sus productos. La religión, la dulce y misericordiosa ficción de lo invisible, se transmutó en un fetiche de consumo. La vorágine de la velocidad se tragó nuestras ilusiones.

Hace unos meses vi una caravana de carros que transportaba al pastor de una iglesia evangélica, y quedé aterrado por el lujo hollywoodense de los vehículos de ese hombre, un milagrero de la televisión. Igual, hace unos días caminé por los pasillos y los parqueaderos de un colegio franciscano del Quindío, y fue mayor mi asombro: las más bellas camionetas —si la belleza fuera de latón— pertenecían a los directivos de la institución, sacerdotes encargados de predicar el valor de la austeridad.

Millones de católicos habían presenciado cómo su iglesia, lo mismo que los partidos y los gobiernos marxistas, extraviaba su esencia en los meandros de una burocracia que solo expresaba sus dogmas. En Roma, los lobos acechaban a las ovejas.

El festín en El Vaticano parece terminar. Jorge Mario Bergoglio, el cardenal traído del fin del mundo, al cual parecíamos abocados, llegó para señalar que la periferia existe, que el mundo está hecho de fronteras, de situaciones límite, y que se hace necesario discernir para romper la ambigüedad del misterio humano.

Sus primeras decisiones, y sus gestos simbólicos, dicen mucho de su lista de reformas. En Italia se estima que asuntos tan serios como revisar el celibato; la ordenación de la mujer en la figura diaconal, y su posible asignación al colegio cardenalicio; el levantamiento de las salvaguardas clericales contra la Teología de la Liberación; la democratización de muchas decisiones de la iglesia, a través de una colegiatura real; hacen parte de una voluntad por recuperar la iglesia para los hombres y mujeres de la calle. Liberarla de los burócratas que contemplan el pasado, desde los altares, para perpetuar la exclusión.

Es tan firme la decisión de hacer saltar las fallebas enmohecidas de la basílica de San Pedro, que el Papa fue a otro recodo del mundo, a Venezuela, a traer a su cerrajero de confianza, a un hombre cuyo sincretismo religioso —que se añora del fallecido cardenal Carlo María Martini— le permita, poco a poco, introducir las reformas.

Al nombrar a Pietro Parolin como secretario de Estado, un hombre "extraditado" en un principio a México por la curia vaticana, envía un mensaje explícito: la noche de los lobos, larga y fría, finalizó.

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