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 LOS CARADURAS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"No podemos pensarnos, y definirnos, como sujetos ajenos a la ley"

Nada más trivial, y más significativo, que la película Los caraduras, de 1977, en la que los actores Sally Field y Burt Reinolds, personifican a contrabandistas de cerveza que huyen por las carreteras de Estados Unidos perseguidos por la policía. Algo parecido a lo que ocurrió aquí con el tema de los cigarrillos y de la marihuana en la Guajira, que empezó como un hecho frívolo, casi inocuo, y terminó como terminó: con bombas que explotaban en las calles, en los centros comerciales y en los aviones, y con narcotraficantes transmutados en vedettes —en el imaginario de parte del pueblo— que, si era el caso, se podían o podíamos excusar por sus actos de violencia.

Había en esa película la recreación de un fenómeno de la ilegalidad, que si bien parecía divertido e inofensivo iba más allá de la anécdota al mostrar la relación de la gente con la práctica, y la aplicabilidad, de las normas en el país del norte.

Traigo este ejemplo a comentario, ya casi olvidado, porque los caraduras, los contrabandistas, eran astutos pioneros en violar la ley, si, pero también en lograr la absolución de un sector grande de la sociedad. Cometían delitos, claro, pero la gente los veía como si fueran héroes acosados por el sistema judicial.

Lo mismo pasa con algunos actores del partido de ultraderecha Centro Democrático, que desean venderle al país una ficción, cuando dicen, sin sonrojarse a través de su abogado Jaime Granados, que son objeto de una persecución ideológica por parte de la Fiscalía General de la Nación, orientada por Eduardo Montealegre.

No me corresponde, como es lógico, juzgarlos y condenarlos a priori, pero si entender en este caso lo que pretenden los zuluaga, los arias, los restrepo, los hurtado, que es, basados en la teoría de que están por encima de la ley, burlar la precaria institucionalidad de un país como el nuestro que aún personaliza los procesos sociales y políticos. Creen ellos, como personeros de la nación perpetuadora de privilegios, que en Colombia persiste, como ocurre, la anomalía de que los individuos determinan las reglas de juego para sí mismos.

Son unos caraduras que mienten y engañan, de tal manera que convierten sus acciones personales, escasas de parámetros éticos, en un asunto nacional, como ocurre con buena parte de sus procederes públicos. Entiendo que el afán de poder de Óscar Iván Zuluaga, en otrora un político intachable, lo haya llevado a involucrar a su propio hijo en ese delirio de Álvaro Uribe de recuperar la dominancia política en el gobierno central.

No podemos pensarnos, y definirnos, como sujetos ajenos a la ley. No podemos construir un país moderno por fuera de las instituciones, así los anarquistas o algunos personajes de izquierda o de derechas miren el mundo en blanco y negro. Somos más que eso: una nación que requiere pasar del egocentrismo de las personas al acuerdo que configura la institucionalidad. Es fácil comprenderlo, aunque los intereses de unos pocos lo vuelvan complejo y atenten contra la posibilidad de inaugurar esa cultura de la civilidad.

Muchos de ellos, del Centro democrático, son una suerte de caraduras, de cínicos actores de Colombia.

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