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 LOS CRUZADOS DE LA GUERRA

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Son como el disco rayado de una ultraderecha cruel"

Las convenciones partidistas, como los partidos de fútbol, las misas o algunas reuniones de ambientalistas apocalípticos, son vitrinas de la condición humana.

En las misas la gente reza para poder empatar y revalidar, al salir de la iglesia, su patente de pecadora. En los partidos de fútbol la pasión vuelve normal denostar del árbitro y legitima, en apariencia, el insulto verbal y la violencia. En las reuniones de los ecologistas fanáticos, como en toda grey, el prurito de salvar a la humanidad es un dogma incorporado a la misión de los escogidos. El ego se inflama y todos, incluidos quienes simpatizamos con la causa, salimos revestidos de poderes morales para rescatar al planeta de las garras del mal.

Aunque nada de lo anterior se parece a lo ocurrido en la convención de Uribe Centro Democrático. Lo digo, porque allí, la semana pasada, llegó un precandidato ganador, como el insulso Santos, y salió después llorando una derrota cantada, porque ya se sabía de antemano la decisión del Uribe. Lo digo también, porque allí llegó un hombre vociferante, un pragmático economista neoliberal como Oscar Iván Zuluaga, y salió un tipo sin nombre, un Zuluaga, un cruzado de la guerra, un megáfono de odios prestados.

Tantas irregularidades ocurrieron en esa convención, tantas maneras de birlar el derecho natural y la dignidad de muchos convencionistas, que eso parecía el circo romano, donde el César o Emperador bajaba el pulgar a las aspiraciones de paz de los ciudadanos, y los tigres, gaticos de porcelana, maullaban alrededor de todo y de nada, porque sus propuestas son como el disco rayado de una ultraderecha cruel, parecida a los lepenistas de Francia o a los adictos al autoritarismo del Tea Party en Norteamérica.

Pobres convencionistas, ni siquiera supieron cuántos votos sacó el candidato perdedor. Pobre país, testigo de este espectáculo grosero, porque allí se exaltaba la ilegalidad, ya fuera por medio de Uribe que tuvo la desvergüenza de proponer una reforma constitucional para que los miembros del Ejército Nacional —los plazas vega, los rito alejo— por hechos del servicio o inherentes a ellos, reciban la libertad condicional por sus crímenes atroces, es decir, que se les expida una licencia para desaparecer y matar. La misma impunidad que, indolentes y soberbias, reclaman las Farc en La Habana.

En una hermosa novela, Los Ejércitos, de Evelio José Rosero, Geraldina, una voluptuosa mujer a quien le secuestraron la familia, es violada en una mecedora de mimbre por un grupo de violentos que nunca sabemos en la narración qué es: si es autodefensa, guerrilla o fuerza pública.

Lo conmovedor de ese hecho de ficción es que Geraldina está muerta: vi la imagen de Colombia en ese acto inefable de necrofilia. ¿Hasta dónde llegaremos en este delirio?

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