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JOSÉ NODIER

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LOS DENEGADOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño.
josenodiersolorzano@hotmail.com

Somos un país ignorante, impasible, cruel

Algunos pensamos hace un año a las puertas del plebiscito por la paz, en octubre, que la mejor manera de avanzar hacia la civilidad en Colombia era ponerse el traje ajustado, apretadísimo, del acuerdo del gobierno con las Farc.

Ese era un vestido gris, diseñado a la medida del contexto del conflicto y que distaba de los intereses de la guerrilla, porque implicaba en términos de su misión y de sus objetivos una derrota y, claro, la rendición. Y también de los intereses del gobierno, porque al final entregaba con su firma una cuota de impunidad a los alzados en armas.

Me parece que la insurgencia en la práctica se rindió por dos razones fundamentales: de una parte porque renegó de su idea de cambiar el modelo económico, es decir, que la tenencia de la tierra, la propiedad de los monopolios y los medios masivos de comunicación, la privatización de las empresas de servicios públicos, de la salud y de la misma educación, todos avances inexorables del capitalismo salvaje, propios del más puro neoliberalismo, quedaron intocados e incólumes: después de la firma del tratado de paz, miren ustedes, los dueños del país, ríen con sus utilidades empresariales a mandíbula batiente. Las Farc, en este aspecto, declinaron sus ideales.

Y se rindió porque de manera pública y concreta denegó a buena hora de su método: el de portar armas; asesinar policías y civiles en nombre de una revolución pertinente pero inviable; secuestrar personas y recluirlas en campos de concentración; reclutar menores de edad; hacer retenes y pescas milagrosas, en fin.

A la rendición de la guerrilla, que ellos mismos adobaron y presentaron en contrario con su prepotencia histórica, con esa soberbia espesa y propia de quien anda armado, avalado por un fierro, nosotros, muchos colombianos, como leguleyos de poca monta, le vimos una agenda oculta que al final de parte de los insurgentes no apareció.

Lo que sí se evidenció fue la mezquindad de los políticos tradicionales de derechas, que al empezar a perder el pertrecho emocional de su propaganda electoral, el miedo, desvirtuaron los términos del acuerdo, usaron la mentira, aún la usan, y volvieron trizas la ilusión de un acuerdo nacional para la paz.

Después de un año, cuando ya la guerrilla entregó sus armas, y ellos mismos enfrentan inermes la cotidianidad de un país pétreo ante el anuncio de la esperanza, el tránsito de la Jurisdicción Especial para la Paz, JEP, por el Congreso de la República dice bien lo que somos nosotros y lo que elegimos: somos un país ignorante, impasible, cruel, y elegimos avivatos, que se aprovechan de sus privilegios y de su representación electoral.

Las posturas obtusas del Fiscal General de la República, Néstor Humberto Martínez, y de la bancada de Cambio Radical, aupada por el candidato Germán Vargas Lleras, es de un oportunismo rayano con la inmoralidad, toda vez que se ampararon bajó la sombrilla del gobierno y ahora pretenden, para desmarcarse de la incompetencia de Santos en otras materias, explotar el acuerdo, no cumplirlo y tratar de reversar lo pactado.

Cambio Radical, un partido de garaje diseñado para hacerle mandados al caudillaje, evidencia la roñería de una parte de los colombianos.

Existe un viejo país, un país de cafres, una nación de maliciosos y denegados, cercano a la ilegalidad, que nos retiene en los ámbitos de la oscuridad.

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