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 LOS DERROTADOS

José Nodier Solórzano CastañoPor José Nodier Solórzano Castaño. (josenodiersolorzano@hotmail.com)

"Habla de la espesa ruindad de nuestros corazones"

No me parece interesante el arte escapista, aquel que se regocija con las burbujas estéticas, como si la vida fuera una mermelada y los pueblos una caterva de ignorantes que merecieran el menosprecio de las camarillas intelectuales. Aunque el arte, por si mismo, no tiene una función social impuesta, porque su tarea primordial se relaciona con la belleza o con la complejidad del alma humana.

La lectura de las novelas de Pablo Montoya, el Tríptico de la Infamia, y ahora de Los derrotados, me acerca a una concepción que comparto de manera plena. En la novela ganadora en el 2015 del premio Rómulo Gallegos, las avanzadas cristianas, católicas o protestantes, muestran los dientes de su prurito invasivo, misional, en su afán de alfabetizar y dirigir las emociones de los seres humanos del nuevo mundo, lo que implica destruir sus concepciones cósmicas para embutirlos en el traje de la civilización occidental.

Los derrotados, por su parte, traza la biografía del sabio Francisco José de Caldas, su cercanía intelectual y sensible con la naturaleza, y su relación azarosa con la independencia en el siglo diecinueve. La voz del científico, conturbada por la sentencia de muerte que pesa sobre él en la aristocrática Popayán, nos relata sus temores pero también sus pareceres sobre la botánica, la cultura hispánica —representada por la crueldad de Sámano y el pacificador Morillo—. Narra también el vínculo, muchas veces contradictorio, con José Celestino Mutis y el Barón de Humboldt.

Como lo dice el autor en su primera línea, Caldas, ante la crueldad de las instituciones del reino español, ante la realidad de su tiempo, "pasa de la perplejidad al terror".

Los derrotados es una novela del pasado que dialoga con la contemporaneidad, con lo que sucede hoy, porque sus voces, las de antes y las de la Antioquia actual, se entrecruzan para favorecer la historia y, algunas veces, para difuminar la propuesta narrativa. Digo que su proliferación de narradores hace perder la intensidad y el foco de la ficción para favorecer un hilo testimonial que deriva en una realidad contada desde la diversidad.

Mientras escuchamos al narrador decirnos sobre Caldas, aparece la Antioquia de las masacres ocurridas en Urabá por cuenta de la guerrilla y los grupos paramilitares. Redescubrimos los pueblos martirizados a través de la recreación de las fotografías de un personaje, Andrés Ramírez —ficción del fotógrafo Jesús Abad Colorado— quien nos lleva con sus imágenes por el Aro, en Ituango, Mutatá, Segovia, Puerto Valdivia, Juradó, Frontino, Granada, Vigía del fuerte, Bojayá, en el Chocó, San Carlos, y San José de Apartadó, escenarios propios del latifundio y corredores de movilización de la droga.

Dice el narrador, por ejemplo: "Los dos espacios más destruidos en la guerra son la iglesia y el vientre de la mujer. El tercero es la escuela". Como si quisiéramos acabar con la vida y desaparecer las huellas del espíritu. También sabemos: la guerra persistente contra el sentido de lo femenino está declarada y no termina.

Los derrotados nos dice el por qué no funciona Colombia, y su larga disociación de la ciencia y del ideal de construir un destino colectivo. Habla, entre otros tópicos, de la espesa ruindad de nuestros corazones.

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